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Analisis | El que mal anda, mal acaba

ANÁLISIS: Baby: El Aprendiz del Crimen

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Por: Jessica Blady

Edgar Wright llega a las pantallas locales con su estilo tan particular y todo eso que nos encanta

Es lamentable que “Baby: El Aprendiz del Crimen” (Baby Driver, 2017) sea la primera película de Edgar Wright que llega a nuestras salas, pero igual no vamos a quejarnos, si no a disfrutar de esta maravilla del realizador inglés hasta que se nos caigan los ojos y los oídos. ¿No será mucho?

El creador de la celebrada y nerdísima “Trilogía Cornetto” cambia un poco el registro, aunque no abandona su estilo desenfrenado a la hora de abordar esta historia cargada de súper acción, tiros, persecuciones increíblemente coreografiadas y una banda sonora que complementa la trama a la perfección. Acá no hablamos de canciones que adornan las escenas nada más, si no de verdaderos “números musicales” que no tienen nada que envidiarle a “La La Land” (2016).

No se asusten, “Baby: El Aprendiz del Crimen” no es un musical, pero la conjunción que logra entre cada tema (minuciosamente elegido) y la acción, es su motor principal. Wright se despacha con una película de “atracos” hecha y derecha, donde Baby (Ansel Elgort) es el chofer encargado de las huidas de una banda de ladrones ensamblada por el meticuloso Doc (Kevin Spacey).

Los asaltantes nunca son los mismos, tres individuos violentos que van rotando según lo requiera el golpe en cuestión, pero Baby siempre está al volante, en parte por su impresionante habilidad para pisar el acelerador y evitar a la policía, y en parte por una deuda pendiente que guarda con el mafioso.  

Un trabajito más y las cuentas estarán saldadas, o eso es lo que cree nuestro ingenuo protagonista; inteligente y sagaz a la hora de las planeaciones, aunque nunca se desprenda de sus auriculares, el iPod y los lentes oscuros. Hay una razón para ellos que Wright nos va develando de a poco, convirtiendo a Baby en uno de lo mejores personajes del año. El pibe ama la velocidad y el vértigo que ello implica, con la música sonando a todo lo que da en sus orejas, tapando la desconcentración y algunos otros asuntos. Pero no logra comprender el verdadero peligro o la violencia que puede desencadenarse en un abrir y cerrar de ojos.

Cuando no está infringiendo la ley, vive con su papá adoptivo; juega mezclando melodías y diálogos, y trata de conquistar el corazón de Debora (Lily James), la nueva mesera de su cafetería favorita.

Un trabajo más y listo, al menos esa es su meta, pero el robo en cuestión tiene sus riesgos, incluso mucho más cuando el equipo responsable de llevarlo a cabo está conformado por tres criminales violentos y un tanto inestables (Jon Hamm, Eiza González y Jamie Foxx). Baby no se les parece, pero igual forma parte del conjunto y, para salir bien parado y no poner a sus seres queridos en riesgo, no le va a quedar otra que sumarse a la fiesta y hacer su mejor esfuerzo.

Es la primera vez que Wright filma en los Estados Unidos y se adapta sin problemas al ritmo de los clásicos del género sin perder su estilo, su esencia y su humor, aunque acá se contiene bastante, justamente para despegarse de sus películas anteriores en colaboración con Simon Pegg y Nick Frost. Ojo, no es un Edgar que se vendió al sistema, si no un Edgar que evolucionó demostrando, más que nunca, sus habilidades cinematográficas, sin la necesidad de una excesiva avalancha de referencias pop (que las hay) y los chistes más bizarros.

En “Baby Driver” todo es orgánico. Sus situaciones y personajes se van desarrollando a medida que el relato avanza. El secretismo inicial (y la desconfianza) va dejando lugar a las verdaderas personalidades de cada uno de estos individuos, a veces para mejor, y otras tantas, como dicen, más vale perderlos que encontrarlos. Todo al ritmo de Queen, The Beach Boys, Beck, T-Rex y tantos otros en perfecta sintonía visual y narrativa, hasta que la historia se pone más heavy y la música da lugar a los tiros y la violencia.


Edgar Wright no da concesiones, ni en Hollywood ni en ningún lado. El nerd amante de los géneros no desaparece y nos demuestra que puede ponerse más “serio” cuando la situación lo amerita, y desbordar de acción, cancherismo y un poco de ternura cuando se trata de Baby, Debora y sus sueños a futuro.