Publicado el

Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: Seguir viviendo sin tu Voz

Volver a la home

Por: Victor Gueller

Tags: Aguafuertes
Un homenaje modesto a un hombre que convirtió en poesía su propia existencia.

A mis 18 años, tan solo y perdido en la vida, tatué en mi espalda el redondo rostro y la desafiante mirada de Luca Prodan. Aquel primer acto de rebeldía tuvo menos que ver con una admiración fanática hacia su producción artística que con la fascinación rabiosa que me producía su propia vida. Luca jamás lo sabrá, pero él me enseñó -y aún lo hace- a actuar siempre de forma fiel a mis convicciones, a no bajar la cabeza ante nadie, a oponerme a todo aquello que considere injusto.

Un martes de enero decidí caminar desde mi hogar en Caballito hasta la gastada puerta de una casa de San Telmo, donde el artista vivió sus últimos convulsionados meses. Quería, de alguna manera, pedirle permiso tardío para portar sobre mi cuerpo su metafísico semblante. Sumándole mística a mi humilde gesta, al cruzar Pueyrredón comenzó a llover de forma tenue, y un par de cuadras más adelante la garúa mutó en tormenta.

Disponía de dos opciones. Podía, por un lado, regresar al origen y resguardarme en un dantesco vaso de Nesquik o, por el otro, seguir caminando como si nada pasase, como si no existiesen los obstáculos simbólicos que el destino había planeado para mí. Elegí, claro está, esta última alternativa, de otro modo la vergüenza me impediría escribir estas líneas.

Al llegar a la esquina de Alsina y Defensa, mis cigarrillos se habían desintegrado en mi bolsillo y yo mismo no ostentaba un estado mucho más presentable; así de exagerada fue la furia de la tempestad. Encontré un bar abierto, y tomé uno de los cafés más insípidos y a la vez más restauradores de mi vida toda. Luego, me enfrenté a esa puerta y dejé mi pequeñísimo mensaje por escrito, para -ahora sí- emprender el subterráneo regreso.

Me tatué a Luca Prodan porque necesitaba un modelo en el cual inspirarme, me tatué incluso antes de comenzar a perder pelo y resignarme a una vida sin shampoo. Tatué su cara en mi espalda después de leer las circunstancias de su vida, después de escuchar el modo en que se referían a él aquellos que compartieron su intimidad. Me tatué a Luca Prodan por mil motivos diferentes, pero ninguno de ellos tenía que ver con la música que le valió el reconocimiento en este rincón olvidado del mundo.

Dediqué cinco párrafos a narrar la historia y las consecuentes desventuras de un tatuaje calvo, pero -sepan disculpar- no es esa la razón por la que escribo. Quisiera, no obstante, aprovechar la oportunidad para dejar en claro que mi relación con el rock nacional es meramente circunstancial, conozco bastante al respecto y he escuchado lo suficiente, sin embargo, sigo prefiriendo mayormente la música foránea, con algunas dignas excepciones.

Soda Stereo es una excepción, Pappo es otra excepción, Charly García es una excepción aún mayor. Respeto enormemente el legado de Lito Nebbia y de León Gieco; hay un par de versos del Indio Solari que son dignos de su dudosa inmortalidad. Luca logró, con “Heroína”, el más inquietante homenaje a Lou Reed y, con “Mañana en el Abasto”, uno de los mejores tangos de la historia, así de versátil era. De todos modos, insisto, no estoy escribiendo por ni para ellos.

Días atrás, volví a escuchar “Muchacha”, de Luis Alberto Spinetta. Volví a escuchar “Muchacha”, y fue como si la escuchara por primera vez. Me pregunté, luego, cómo podía ser posible que un adolescente de 18 años componga una maravilla semejante; me respondí, sin titubear, que sólo un adolescente podría haber escrito algo así.

Las metáforas de “Muchacha”, al menos desde su aspecto literario, no brillan tanto como las que el músico utilizaría en las décadas posteriores, sin embargo, es en su simpleza donde descansa su mayor mérito. Ojos de papel, piel de rayón, voz de gorrión, pechos de miel, así era (así es) ella. Ningún poeta podría definirla de forma más acertada, con más cariño, haciendo gala de un erotismo tan explícito y tan conmovedor, características que se potencian en la voz ingenua y dulce de uno de los próceres del rock argentino.

Spinetta podría haber compuesto únicamente aquel tema, y aún así merecer su lugar en la eternidad. Tanguito no necesitó más que un puñado de canciones para trascender, y tal vez le hubiese bastado solamente con su hipnótica interpretación de “Amor de Primavera”.

Luis Alberto Spinetta cimentó una carrera longeva, mutable y exitosa, atravesó generaciones, compuso maravillas hasta su último día. Me atrevo a sospechar, sin haber tenido el honor de conocerlo, que fue un hombre ordinario, dotado de una sensibilidad extraordinaria. Seguramente escribió canciones mejores que “Muchacha”, pero ninguna de ellas será jamás como “Muchacha”.

Creo haberme extendido de más en este texto, mientras paradójicamente estoy ensalzando una composición que se caracteriza por lo preciso de su mensaje. Spinetta le pidió a su primera novia que se quede con él hasta el amanecer, de un modo íntimo y personal, como sólo él podría haberlo hecho. Es sumamente probable que el melódico resultado de su inspiración haya satisfecho sus ansiedades y las de su musa; y además -y sin proponérselo- ayudó a despertar a los jóvenes, los invitó a romper las cadenas de su represión, de sus paradigmas aprehendidos

Somos, entre otras cosas, la suma de nuestras contradicciones. Yo, a mis 18 años, quería ser un hombre como Luca Prodan; hoy, preferiría ser un adolescente como Luis Alberto Spinetta.