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Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: El peso de la Ley

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Por: Victor Gueller

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Serás lo que debas ser o...

Existen pocas ciencias más maravillosas que el Derecho. El Derecho y su filosofía, el derecho y su historia, el Derecho y su sospechosa capacidad de adaptación. Es el Derecho, en esencia, una suma de conocimientos valiosos, pero su encanto tiene la facultad de evaporarse una vez abandonados los cómodos límites de la teoría, al entrar en edificios viejos donde la burocracia es la única norma, al lidiar con hombres y mujeres exageradamente elegantes, al comprobar con desazón que muchas veces la legalidad no implica justicia.

Estudié derecho, y esto es un cliché, porque no sabía qué otra cosa estudiar; intuyo nadie está capacitado para tomar una decisión tan trascendente a sus 17 años. Siendo dueño de una memoria inabarcable y caprichosa y una locuacidad capaz de fingir seguridad y astucia, mi época universitaria no representó un verdadero desafío intelectual. Al día de hoy, no obstante, reconozco que algunas de las herramientas y habilidades adquiridas en aquellos tiempos me resultan útiles, y que varios de mis compañeros de condena -futuros colegas, amigos eternos- supieron alegrar mis primeras mañanas adultas.

Mucha gente respeta a los abogados sólo porque son abogados, y eso está muy mal. Nadie debería ser juzgado en base a los adornos sintácticos que lleva su nombre, siento un escalofrío cada vez que alguien se refiere a mí como “doctor”. De pequeño, veía en los abogados la más acabada definición de éxito profesional, engañado superfluamente por sus trajes vistosos y esos primeros teléfonos celulares que, como los de hoy, implicaban más un símbolo de estatus que una necesidad.

Al promediar la carrera, cuando comencé a vislumbrar lo que efectivamente significaba ser abogado, pensé en desistir. Todavía era joven, aún estaba a tiempo de torcer mi destino académico. Encerrado en mis vacilaciones, supe recibir las palabras oportunas de un par de esos profesores que sólo aparecen en los instantes definitorios. Uno de ellos -enemigo acérrimo de las reglas, cultor de su propio destino- entendió qué era lo que se escondía detrás de aquel joven que se creía rebelde por presentarse a rendir vestido con una camiseta de fútbol y luciendo una cresta patética que ya anticipaba un calvo porvenir. Ese hombre no sólo me regaló la calificación máxima, sino también uno de esos consejos que, como sucede en las mejores películas, jamás se olvidan.

Semanas después, recibí por escrito una frase que adopté para cada uno de mis actos. Una profesora (cuyo apellido era también la marca de un auto) afirmó tajante que “las mejores cosas de la vida se esconden en el fondo”, haciendo referencia ineludible al lugar que mis amigos más cercanos y yo ocupábamos en las aulas. La superficie es para los débiles y para los cobardes, es en el Fondo donde se dan las revelaciones, donde nos enfrentamos a la verdad, donde sucede la magia.

Guardo, también, un especial cariño por aquel docente que no cayó en mi trampa dialéctica, el único que me reprobó un examen oral. Todavía recuerdo su incrédula expresión ante mis palabras rimbombantes, cuya grandilocuencia intentaba encubrir una ignorancia casi absoluta. Es harto sabido que resulta imposible engañar a todos todo el tiempo.

Un día de diciembre del año 2005 me recibí de abogado. Recibí, a su vez, harina, huevos y vino del peor en mi blanca remera. Tomé un vaso de whisky a modo de modesta celebración y rechacé cualquier tipo de felicitación alusiva. Horas después, me regalé a mí mismo un fin de semana en Mar del Plata, desde donde comenzaría a comprobar que otra vida es en verdad posible.

No me siento digno como para dar consejos a nadie, aunque sí podría elucubrar una pequeña sugerencia lanzando una botella al mar para un lector hipotético: Aquel que realmente encuentre en la Ley su franca vocación, debería ser fiel a ella, ser fiel hasta la muerte. Si por el contrario, joven indeciso, aún no te sentís preparado para comenzar a moldear tu porvenir, tal vez deberías evitar que sea la inercia quien decida por vos, quizás el tiempo ofrezca alternativas a tu entendible incertidumbre. Sea cual fuere el caso, por favor, no estudies Derecho.

Proveer de conformidad.

Será Justicia.