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Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: El Amor y el Espanto

Volver a la home

Por: Victor Gueller

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Un repaso al vínculo resentido que me une al hombre que entendió el Infinito.

Mi conflictiva relación con Jorge Luis Borges atravesó todos los estados posibles. En un principio me sentí irrevocablemente frustrado ante sus palabras; la comprensión metafísica de un adolescente suele ser limitada. Luego sobrevinieron la curiosidad, el reconocimiento, la admiración y, finalmente, el odio.

Te odio, Borges, porque sos perfecto. Te odio, porque jamás podré escribir ni una línea que esté a tu altura, que pueda hacerte sombra.

Más de una década atrás, una sucesión de hechos causales me llevó a ser el rostro que se escondía tras tus textos en la Feria del Libro. Allí, en un rincón escasamente transitado y sin distracción alguna más que tu obra, entendí que por tres largas semanas vos serías mi única compañía.

Con resignación y con miedo, y sin un plan mejor, aquella primera vez deposité mi mano azarosa sobre “El Libro de Arena”, quizás sin mayor justificación que la ilustración de su portada. A partir de ese momento, te sentí mi amigo.

Fuiste ese amigo intrépido, que puede convertir un hecho banal en la más maravillosa de las aventuras. Fuiste ese amigo cómplice, que aconseja desde la experiencia y desde los más elevados círculos de la razón. Fuiste fiel, fuiste sincero y fuiste inabarcable; y desde entonces, sin darme cuenta, ya te empezaba a odiar.

Cada día, elegía meticulosamente un nuevo libro, confiando en que al finalizar aquel mayo ya habría repasado la mayor parte de tu bibliografía. Leí tus ensayos, probablemente sin alcanzar a comprenderlos. Leí tu poesía, que esconde la sensibilidad más pura detrás de las palabras más difíciles. Leí tus críticas, tus prólogos, tus entrevistas. Leí, por supuesto, tus cuentos, que fueron y son los culpables de tu merecida inmortalidad. Y cada lectura te hacía más grande.

Mis actividades, al margen de la lectura, eran tediosamente repetitivas. Me sentaba en la misma silla y saludaba a los mismos circunstanciales vecinos. Varias veces al día debía indicar al perdido visitante cómo llegar al baño, a la salida o a un stand injustamente más popular que el tuyo. A veces, solo a veces, se vendía algún libro. Finalmente, y esto era lo más molesto, debía ser el oído de todos aquellos que venían a jactarse de haberte conocido.

No te das una idea, Georgie, de la cantidad de individuos que creen que fueron tus amigos sólo porque les firmaste una página o les diste la mano. No te imaginás cuántos de ellos se refieren a vos como “El Maestro”. Con los años, me fue sencillo identificarlos, se comportaban de la misma manera, caminando con una impostada seguridad, exhibiendo una sonrisa entre burlona y desesperada. Se acercaban y me miraban decepcionados, al ver que yo no era vos. La mejor forma de hacer que se vayan era dejar que se ahoguen en sus propias palabras y, en ocasiones especiales, coronar sus monólogos con un contundente “Y sí…”.

Mientras tanto, yo aprovechaba cada momento de silencio para continuar leyéndote. Y el odio se hacía más profundo, porque cada nueva lectura me representaba nuevos aprendizajes, y comprendí que el ciclo se repetiría hasta el final de los tiempos. Jamás voy a llegar a entenderte del todo, como seguramente jamás nadie te haya entendido.

Durante nueve años repetí esta rutina, encontrando siempre cosas nuevas en tus viejas, gastadas palabras. La sabiduría es inmune al paso del tiempo. Simétricamente, te odié, te quise y te volví a odiar. Te odio, Borges. Te odio, tanto, que ya siento que te quiero de nuevo.