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Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: La Sociedad de las Oportunidades Perdidas

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Por: Victor Gueller

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Un fracaso compartido quizás en realidad sea una victoria.

Hace muchos, muchos años, un amigo y yo recorríamos la ciudad buscando un refugio, o algo que se le parezca. Entregados al azar, comenzamos la búsqueda por Flores, un barrio afín a nuestros objetivos, aunque irónicamente la respuesta nos esperaba en una esquina de Palermo (que no se parecía a ninguna otra) a la que llegamos casi por casualidad. Entramos con cautela y, al instante, un nuevo mundo se abrió ante nuestros ojos aún adolescentes. Éramos muy jóvenes para comprender que aquel lugar nos marcaría para siempre, que conoceríamos toda clase de personajes peculiares, que en ese bar comenzaría a operar la Sociedad de las Oportunidades Perdidas.

La Sociedad de las Oportunidades Perdidas funciona desde las sombras, de hecho, creo que nadie más -hasta la publicación de estas líneas, claro- esté al tanto de su existencia. Quizás Alejandro Dolina recuerde haber sido nombrado miembro honorario, pero de ser así, probablemente no sea algo que lo enorgullezca demasiado. Fundamos la Sociedad a modo de juego, es cierto, pero luego entenderíamos que tras su inocente estatuto se escondía una necesidad real, una necesidad que en su momento comenzaba a dejarse ver pero que nosotros -vanidad, le dicen- no queríamos aceptar: Nuestros mejores esfuerzos con la mejor de las mujeres eran fatuos, las oportunidades que (raramente) afloraban trocaban sin cesar en oportunidades perdidas.

Es menester destacar que ambos teníamos -y tenemos- una locuacidad notable, sin embargo, más de una vez nos hemos quedado paralizados ante la cercanía de los ojos más verdes o las piernas más largas. En esos instantes, nuestra facilidad para la conversación casual muta en el silencio más oscuro, condenándonos definitivamente a un fracaso que en el fondo merecemos. Nuestra lógica reacción, entonces, fue crear esta Sociedad -cuenta la leyenda que la sociedad, sin embargo, existe desde tiempos inmemoriales y solamente nos escogió para continuar el legado- que se reuniría todos los viernes en una de las mesas que da contra la ventana en Varela Varelita.

Los encuentros consistían, básicamente, en tomar un par de cervezas (que luego serían vinos), jugar al ajedrez y narrar la situación que nos aquejaba con sumo detalle, para que luego el socio restante, con la lucidez que otorga ser testigo y no protagonista, determine los pasos a seguir. La objetividad en estos casos resultaba fundamental; tanto mi amigo como yo visualizábamos exactamente qué debía hacer el otro, paso a paso. El inconveniente, luego, era la falta de coraje para ejecutar el plan a rajatabla. Otro de los puntos de discusión era el modo en que idealizábamos a algunas señoritas, quizás para intentar reducir la presión que generaba tamaño ensueño, y así lograr la ansiada conquista.

La Sociedad de las Oportunidades Perdidas (SOP) funcionaba como un consejero no vinculante, que poseía todas las respuestas y, al mismo tiempo, nos planteaba nuevos interrogantes, cuya resolución debería esperar una semana, para luego reiniciar el mismo ciclo hasta que nos cansemos, nos aburramos o nos enamoremos de otra mujer. Lamentablemente, y a pesar de la metódica perfección de cada plan urdido en conjunto, el fracaso ha sido la consecuencia más habitual, aunque es sabido que la pena, al compartirse, se evapora.

Si supiese, Socio, lo necesario que ha sido desde que abandonó la cotidianeidad de la Sociedad, desde que reemplazó el Obelisco por el Big Ben, Vélez por el Everton. Los desengaños se sucedieron con pasmosa frecuencia, y el ajedrez no puede jugarse solo. De haber estado usted aquí -estoy seguro- no habría caído en las trampas en las que caí, no me hubiera prestado al predecible juego de caprichosas veinteañeras, hubiese honrado nuestra noble normativa societaria.

De haber estado aquí, le habría contado sobre la única mujer que conocí que vió “La Mejor Juventud” antes que yo se la recomendase, una mujer cuyo nombre he cantado innumerables veces, que me propició una negativa que parece irremontable. Estaría usted al tanto, también, de cada capítulo de la novela del arrabal, que hubiese sido mucho más breve de haber mediado la intervención de la Sociedad. Sabría, a su vez, los detalles de los pequeños triunfos que he acumulado en este par de años aunque -reconozcámoslo- jamás nos interesaron demasiado las victorias.

Uno de los aspectos más significativos de la Sociedad de las Oportunidades Perdidas es que resulta imposible renunciar a ella, y eso es una condena y también una bendición. Guardo un secreto orgullo de pertenencia, elijo ser quien soy, jamás me conformaría con la burda parla etílica de los patanes.

Mientras la mitad de la Sociedad se encuentre a miles de kilómetros de distancia, tal vez inaugurando una sucursal angloparlante, mantendré en alto los principios y los valores que juntos hemos aprendido, principios y valores forjados en base a decenas de derrotas meditadas. Cuando usted regrese, Socio, tendrá una silla esperándolo, un tablero desafiante, una botella abierta y, claro, muchas historias en espera de un debate tardío. Usted regresará, y el tiempo no habrá pasado. La SOP recuperará su antiguo esplendor, y nosotros nos congraciaremos en todo aquello que hemos perdido que, como bien sabemos, es lo único que en realidad existe.