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Analisis | Como chancho al matadero

ANÁLISIS: Okja

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Por: Jessica Blady

Bong Joon Ho estrena película original de Netflix con un mensaje ecologista que empalaga demasiado.

Dejemos de lado las controversias del Festival de Cannes, y el papel que juegan los sistemas de streaming dentro de la producción cinematográfica -cada vez más frecuente-, y concentrémonos en “Okja”, la última película de Bong Joon Ho, responsable de “The Host” (2006) y “Snowpiercer” (2013).

El director surcoreano vuelve a jugar con los géneros y, esta vez, se despacha con una aventura que mezcla drama, acción, fantasía, un toque de sci-fi y unas cuantas moralejas ecologistas.

Partamos de la base de que esta producción original de Netflix no es para cualquiera (mejor dicho, no tiene un público muy definido). Va a indignar y enamorar por partes iguales a los ultra amantes defensores de los animales, que la verán con ojos llenos de lágrimas aplaudiendo un mensaje de panfleto.

No nos mal interpreten, imposible no querer a esta cerda mutante gigantesca llamada Okja, aunque la mayoría de los carnívoros entendemos que las hamburguesas y las salchichas no crecen en los árboles. El vegetarianismo y sus ramificaciones son un estilo de vida, una elección personal que debe respetarse, al igual que su opuesto, algo que los extremistas no llegan a entender.      

Bong Joon Ho exagera el mensaje y convierte su película en una fábula, tal vez para un público más joven y menos cínico, convirtiendo a su cuadrúpeda protagonista en una cruza entre Totoro (sí, sabemos que es japonés) y un E.T. criado en la Tierra que, obviamente, hace amistad con una nena.

Todo comienza en el año 2007 cuando la compañía Mirando, a cargo de Lucy Mirando (Tilda Swinton), decide cambiar su imagen y tomar un camino más ecologista ayudando a combatir el hambre y la contaminación en el mundo, criando una raza especial de cerditos que necesita de menos recursos y genera muchos menos desechos. Veintiséis de estos animalitos son diseminados por el mundo para que los granjeros locales los críen de forma más tradicional aprovechando los recursos del medioambiente.

Una década después, conocemos a Okja, una extraña y simpatiquísima criatura que ha logrado estrechar lazos con la pequeña Mija, quien vive con su abuelo en lo más alto de los montes de Corea. Todo es paz y amor, juegos y arcoíris de colores, hasta que Mirando llega a reclamar su propiedad para poder presentarla al mundo.

Ya se imaginan la desesperación de la nena, que decide escapar a Seúl para rescatar a su amiga porcina. Mija recibe un poquito de ayuda de manos de la ALF (Animal Liberation Front), organización que lleva 40 años abogando por el bienestar y la libertad de los animales expuestos a experimentos y blah, blah, blah. Todos tienen sus razones y motivos, y finalmente deben dejar ir a Okja rumbo a Nueva York para poder desenmascarar los cruentos planes de Mirando.      

No caben dudas de que el mensaje de “Okja” es contundente, pero nada que no pudiéramos ver en un documental de Greenpeace. El único peso verdadero es la “experimentación” (obviamente, hay manipulación genética y transgénicos en el medio) a la que exponen a los animales y, por supuesto, la relación de Mija con su cerda, un tropo cinematográfico repetido hasta el hartazgo.

Lo único que destaca a esta película de otras es el estilo particular de Bong Joon Ho y su gran manejo de la acción y la cámara, mezclando el absurdo y el humor con esos personajes tan característicos que, muchas veces, rozan la caricatura. Esto último funcionaba mejor en “Snowpiercer”; acá llega a molestar un poco si uno se sale del universo creado por el director, lleno de arquetipos (los empresarios malvados, el idealista, etc.) y algunos lugares comunes.

“Okja” no es una maravilla, pero entretiene y llega a conmover tocando las fibras justas. Su mayor problema es no saber (o no entender) a qué público dirigir sus mensajes sin duda ecologistas, pero con mucha ambigüedad en el proceso.        


La simpatía de esta cerdita mutante tal vez les saque las ganas de comer carne por un tiempo; o no, ya que su moraleja es blanda y de manual y, en definitiva, no nos gusta que el cine nos diga lo que tenemos que hacer con  nuestro sistema digestivo.