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Analisis | A Brillar Mi Amor

ANÁLISIS: Glow (Temporada 1)

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Por: Ignacio Esains

Tags: NetflixGlow
Según Fichi, la serie de luchadoras ochenteras es una gran comedia… y también es mucho más que eso.

En la superficie, la premisa de GLOW es irresistible. En 1985, un grupo de actrices desempleadas acepta la propuesta de formar una federación de lucha libre femenina, bajo la supervisión de un director de bodrios de terror de los ‘70s caído en desgracia y un millonario que sueña de forma casi infantil con su propio imperio del ring. Podría ser una comedia saturada al estilo de “Anchorman” o una parodia exagerada de la época como “That ‘70s Show”. Pero lo que eleva a GLOW por sobre esas comedias es que es mucho más que un placer culposo: es una celebración de la televisión más trash y de la soberanía sobre el propio cuerpo, un retrato perfecto de una cofradía de “hermosas perdedoras” que descubren la posibilidad de reinventarse. No, posta. Es eso. Y más también.

En el centro de GLOW está Ruth Wilder, una actriz entrenada en teatro que se toma a sí misma muy en serio y vive de casting en casting, frustrada por los papeles limitados para mujeres “de cara rara” como ella. Lo de la cara rara nunca lo entendí del todo, ya que la interpreta la muy bonita Alison Brie (Trudy de “Mad Men”, Annie de “Community”), pero sin embargo la actriz vende la inseguridad de Ruth, una mezcla de baja autoestima y aires de superioridad que la hace una creación cómica perfecta... en especial en sus choques con Sam Sylvia, el director de GLOW, que Marc Maron interpreta con su franqueza característica, como un tipo casi orgulloso de su propia vulgaridad (quienes conozcan a Maron por su esencial podcast “WTF” notarán claros paralelismos entre su personaje y su historia personal.)

El primer capítulo está dedicado casi en su totalidad a mostrarnos el mundo Ruth, su enorme fuerza de voluntad, su impotencia ante los sucesivos fracasos y su compleja relación con su mejor amiga Debbie y con Mark, el hombre casado con el que Ruth se acuesta, llena de culpa. Ruth llega al casting de GLOW y de inmediato se da cuenta que no encaja, pero por alguna razón que va más allá de la simple terquedad, la actriz se esfuerza por pertenecer al grupo, algo que logra de forma casi accidental cuando la fantasía de la lucha libre se mezcla con una pelea salvaje, brutal.

Desde el segundo episodio Kohan toma la sabia decisión de distribuir el tiempo de la serie entre Ruth y el resto de las luchadoras. Algunas están mejor desarrolladas, otras son casi bocetos, pero cada una tiene al menos un momento memorable a lo largo de los 10 capítulos. Carmen (Britney Young) es un hallazgo, la única mujer en una dinastía de luchadores que se rebela contra su propia familia para seguir el camino de su padre y sus hermanos. Sheila (Gayle Rankin) nunca sale de su personaje de mujer loba, y oculta una historia dolorosa detrás de su caracterización.

La amiga de Ruth, Debbie (Betty Gilpin, una revelación), es una actriz de novela estereotipada como la rubia perfecta, que encuentra un nuevo lado salvaje en el ring a través del cual desatar toda su furia contenida. Melrose (Jackie Tohn) es una especie de Madonna en constante (y feliz) decadencia, mientras que la actriz de blaxploitation Cherry Bang (Sydelle Noel) tiene una historia con Sam en su pasado, y grandes pasos de comedia con su marido Keith (Bashir Salahuddin), al que se lleva a vivir a la concentración en un hotel - locación que trae los mejores momentos de GLOW.

El arco de cada personaje es simple (cada una descubre algo sobre ella misma a través de su alter ego), pero las pequeñas variaciones son las que hacen que el espectador se enamore de cada una de ellas tanto como de personajes como Bash (un sublime Chris Lowell), el millonario productor que empieza como un arquetipo que vimos mil veces y en los últimos capítulos logra una transformación inesperada y a la vez absolutamente lógica.

Como pasa con las otras series de Jenji Kohan, GLOW evidencia un choque de estilos a veces incómodo y los primeros capítulos, en los que está buscando su tono, son los más torpes de todos. El humor del primer episodio es más realista (y menos gracioso) del que veremos a lo largo de la serie, y el equipo de guionistas (veteranos de Weeds, Orange, y Nurse Jackie) parece tener dificultades en mantener el equilibrio entre el naturalismo y la caricatura. El tercer capítulo tiene un robot inteligente, que seguramente viste en el tráiler, y que parece sacado de una comedia tipo Kimmy Schmidt… pero en el siguiente uno de los personajes más bizarros de la serie tiene una escena conmovedora en las que se revela su verdadera naturaleza - luego de lo que vuelve a ser, básicamente, una caricatura.

Los volantazos más bruscos se notan en la historia romántica principal, en especial en  Mark, el esposo de Debbie, que parece interpretar un personaje distinto en cada capítulo. Un adorable perdedor más al inicio, luego un hombre dispuesto a cambiar, finalmente un villano sorpresivo o un retrógrado cuando le toca serlo. Se siente inconsistente, en especial cuando lo rodea un elenco de mujeres pintadas a la perfección, a pesar de que algunas de ellas no tengan ni la mitad de escenas que le tenemos que soportar a este palurdo.

Por algo los creadores de GLOW se concentran en la camaradería de las chicas en vez de sus poco interesantes historias de amor. La inspiración de la serie está en películas como “Un Equipo Muy Especial” o la injustamente olvidada “Whip It” de Drew Barrymore, y el elenco es tan rico en personalidades que los autores encuentran humor en cualquier combinación de actrices. Por ejemplo, Justine, la más chica de todas, se enamora de un repartidor de pizzas, y la forma sutil en la que su compañera de cuarto Arthie empuja esa relación es solo uno de los momentos perfectos que tiene la serie. Como pasaba en Orange y Weeds, el comentario social está siempre presente, aunque en segundo plano, y Kohan dramatiza las diferencias de clase y raza con inteligencia, sin perder nunca el sentido del humor para bajar línea.

Alison Brie, actriz de eternos papeles secundarios, encuentra el papel de su vida en GLOW. Ruth está triste, está furiosa, está a punto de rendirse, y a la vez intenta buscar lo positivo en todo, aún cuando comete un error gravísimo en el primer capítulo y se pasa toda la temporada pagando por ello. Pero Ruth, ante todo, es una actriz, y canaliza cada una de sus emociones en la construcción de su personaje de lucha libre memorable.

El entusiasmo de Ruth hace que en los primeros capítulos parezca una pésima actriz - y algo tiene de divertido ver a alguien tan talentoso como Brie probándose personajes cada vez más ridículos tratando de impresionar al director, mientras sus compañeras encuentran sus “máscaras” de inmediato. Hasta que en la mitad de la serie, en el mejor episodio de todos, ocurre un verdadero milagro: Ruth encuentra su personaje, y lo demuestra frente a Sam y Debbie en una escena mágica, inolvidable, en la que Brie corre de una punta a otra del ring, actuando su personaje, su contrincante, y cada una de las llaves y golpes que imagina en su coreografía, quedándose casi sin aire ante la mirada atónita de sus compañeros. Es que ella ama a su personaje, su acento, su actitud, sus chistes malísimos, y la forma en que le permite jugar a ser “la mala” por un rato. El placer en los ojos de Ruth cada vez que se pone esa máscara es electrizante, una personaje dentro de otro personaje en el que Brie nos permite ver a la vez a Ruth y su creación.

Otro acierto del equipo creativo es encontrar la duración perfecta de cada episodio. Los 30 minutos (no 22 como una sitcom, no 42 como una serie dramática, y menos los 60 que suelen durar series como Bloodline y Iron Fist) deberían ser la nueva ley para las “dramedias”, porque a pesar de que un par de capítulos terminan de forma abrupta, ninguno tiene un minuto de más.

GLOW va en crescendo, mejorando capítulo a capítulo, pero trastabilla un poco en los últimos dos episodios. Una fiesta de clase alta en el noveno parece salida de las peores comedias de los ‘80 tipo “Venganza de los Nerds”, sin esforzarse en parodiar el género, mientras que el décimo intenta cerrar demasiadas historias a las apuradas, con giros sorpresivos y resoluciones forzosas. Por suerte los últimos minutos se concentran en el trío principal de Brie, Gilpin y Maron, abriendo puntas interesantes para la ya casi garantizada segunda temporada.


Al final de su primera temporada, GLOW parece haber encontrado un rumbo claro entre tanto choque de estilos, cerrando de forma apresurada pero satisfactoria cada una de sus historias, y marcando un camino claro para lo que se viene. Aún con todas sus fallas, estos 10 capítulos son puro disfrute, ligeros, veloces, perfectos para consumir en modo maratón. Si hay torpeza en esta primera temporada, nace de un entusiasmo que es contagioso, un impulso por tirar la casa por la ventana que encaja con el espectáculo ultra kitsch que homenajea. GLOW es la serie más sincera que he visto en años, sin un miligramo de pretensión y verdadero amor por cada uno de sus personajes y por la ridiculez de este espectáculo/deporte - no es perfecta, pero es su falta de pulido lo que la hace todavía más querible. No la dejes pasar