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Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: Ciudad de Estrellas

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Por: Victor Gueller

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Había tantas, tantas cosas que simplemente estaban allí, tantas cosas que yo ignoraba...

La primera vez que visité Los Angeles, la odié con furia. Una insólita insolación, una superficialidad hiriente y un microcentro que exageraba todo lo malo que puede encontrarse en Buenos Aires fue más que suficiente para sellar una enemistad que supuse eterna. Dos años después -sin tantos prejuicios- regresé en busca de revancha, y la obtuve a medias. En aquella oportunidad, me alojé en Santa Mónica, y pese a tener que viajar más de dos horas diarias en colectivo yendo y regresando del Convention Center, la experiencia mejoró notablemente.

Este 2017 me encontró haciendo equilibrio sobre una nube y, en lugar de planificar al detalle cada momento, opté por buscar la sorpresa permanente, y no sólo en Los Angeles, sino también en Nueva York y San Francisco. Cada una de las ciudades antedichas resultó maravillosa, sin embargo, el brillo del sur de California pudo más que cualquier avenida neoyorquina o que la inigualable oferta contracultural de la meca del hippismo. Los Angeles, finalmente, logró conquistarme de forma definitiva o, siendo más sincero, quizás fui yo quien me dejé conquistar.

El primer obstáculo a vencer antes de emprender cualquier aventura es el miedo, ese compañero absurdo e indeseable que muchas veces nos impide desenvolvernos de la manera que quisiéramos. Sin miedo todo es más fácil, principalmente en una ciudad tan grande, tan variada, tan especial como Los Angeles. Habiendo conocido sus atractivos turísticos y todos esos lugares “obligados”, me dispuse a mimetizarme con la idiosincrasia local, a vivir como si por unos días Buenos Aires no existiera. El resultado ha sido, hasta el momento, contundente: por primera vez, siento que no quiero regresar, no quiero que esto termine.

Llegué a Los Angeles un domingo, y al día siguiente cumplí 34 años, rodeado por los saludos de ilustres desconocidos que me ofrecieron comida y alcohol de forma desinteresada. Por lo general, mis 12 de junio no se diferencian de mis 19 de septiembre o mis 5 de enero, pero aquí fue distinto; un paisaje de ensueño, la nobleza del Pacífico y la azarosa conjunción de otros amistosos viajantes fueron el marco perfecto para una celebración que jamás olvidaré.

Unas horas después, sorprendentemente sin resaca, me trasladé al centro de la ciudad, donde comenzó esa vorágine conocida como E3. La siempre bienvenida compañía de Rippy fue de algún modo el nexo con esa otra vida que había dejado a miles de kilómetros. Durante aquellos tres días de locura, cumplimos responsablemente con nuestra labor periodística, pero lo cierto es que la verdadera diversión solía comenzar, al menos para mí, con la caída del sol, de regreso en Venice Beach, donde me esperaban esos nuevos amigos que el destino había dispuesto para mí.

Tras dos intentos fallidos, pude comprender qué es eso que diferencia a Los Angeles de cualquier otra ciudad del mundo, pude encontrar su magia, dejarme seducir por su música, por su libertad. Como en cualquier otro espectro de la existencia, mi relación con ella cambió de manera drástica cuando reemplacé el miedo por el amor.

Aún me quedan unas pocas horas en este paraíso costero, las cuales pienso seguir disfrutando al máximo. Luego, será Buenos Aires y su gente, será mi gato, mis cafés, la comida del chino de la esquina, el fútbol de los domingos, su querible neurosis. Una vez reinstalado allí, con una rutina mínimamente preestablecida, podré comenzar a fantasear con una próxima excursión, con algún destino incierto que me invite a reconfirmar lo que siempre había sospechado: la vida es muy diferente a todo aquello que nos enseñaron en la escuela.