Publicado el

Analisis | Niños del hombre

ANÁLISIS: The Handmaid's Tale Temporada 1 (Spoilers)

Volver a la home

Por: Jessica Blady

No cerramos el año porque todavía falta, pero ya podemos decir que es de lo mejor de 2017.

A “American Gods” le salió competencia en eso de ser “la mejor serie del año”. Sí, sabemos que recién estamos en el primer semestre y queda mucho por delante, pero el drama de Hulu, basado en “El Cuento de la Criada” (The Handmaid's Tale, 1985) de Margaret Atwood, nos dejó con la boca abierta, lagrimeando como nenes chiquitos y una sensación de esperanza que pocos shows han logrado, sobre todo, cuando los temas que trata son tan duros.

“The Handmaid's Tale” se ambienta en un futuro distópico no muy lejano donde los Estados Unidos cayó bajo un régimen teocrático, totalitario y fundamentalista que decidió eliminar los valores modernos y abrazar los más puritanos. Culpando a la tecnología (y todo lo que trae aparejada) de sus males -problemas ecológicos, enfermedades, la infertilidad de gran parte de las mujeres-, en esta nueva sociedad la mayoría de las mujeres fueron despojadas de todo y reducidas a objetos, mejor dicho, a incubadoras humanas para saciar las necesidades familiares de los más acomodados, cuyas esposas ya no pueden procrear.

Así como lo leen. De la noche a la mañana, estalla la guerra civil y el nuevo gobierno sólo piensa en el bienestar de unos pocos. Las mujeres ya no tienen derechos, ni posibilidad de trabajar, estudiar, formar sus propias familias o amar a quien se les cante. Ni siquiera tienen identidad, y si encima siguen siendo fértiles, se convierten en “criadas” cuya única misión es darles hijos a los comandantes.

Entre ellas está June (Elisabeth Moss), rebautizada como Offred, quien perdió a su pareja, fue separada de su hija y obligada a convertirse en criada de los Waterford: el Comandante (Joseph Fiennes) y su esposa Serena Joy (Yvonne Strahovski). La chica no tiene escapatoria, sus únicas alternativas son el suicidio o terminar en las Colonias, pero la esperanza de recuperar a su pequeña es lo que la impulsa a seguir adelante y someterse a todo tipo de vejaciones (físicas y psicológicas), obedecer cada uno de los mandatos y la eterna vigilancia de la sociedad que la rodea.

La historia creada por el productor y guionista Bruce Miller (“The 100”) está alejadísima de su primera adaptación cinematográfica –“Entre la Furia y el Éxtasis” (The Handmaid's Tale, 1990)- protagonizada por Natasha Richardson, Faye Dunaway y Robert Duvall. Los realizadores elegidos para hacerse cargo de estos primeros diez episodios se apartan del melodrama más puro y rescatan la crítica social que predomina en la novela de Atwood, temas que le calzan como anillo al dedo a este clima sociocultural que estamos viviendo.

“The Handmaid's Tale” enseguida nos remite a otras producciones distópicas como “Niños del Hombre” (Children of Men, 2006) o “V de Vemdetta”, pero Miller le pone una cara visible a tanto sufrimiento y no podemos evitar querer abrazar fuerte a la Moss cada cinco segundos. Todo se nos presenta a través de su mirada (al menos en la gran mayoría de los capítulos): su vida pasada, las injusticias, el desamparo, el miedo constante a ser descubierta, la desesperanza… resistimos junto a ella, y celebramos sus pequeños logros y rebeldías, porque otra no nos queda. Este es el lugar que nos asignan como espectadores, pasivos, impotentes ante tanta humillación y maltrato. No sólo hacia June, sino el resto de sus compañeras, algunas más sumisas y otras más combativas que no piensan dar el brazo a torcer tan fácilmente, sin importar las consecuencias.

Ahí entran en juego otros personajes, secundarios, sí, aunque importantísimos para la trama y para June, que necesita de estas pequeñas muletas psicológicas para no caer en la desesperación. Ahí están Emily/Ofglen (Alexis Bledel), Moira (Samira Wiley), incluso la desequilibrada Janine/Ofwarren (Madeline Brewer), pero también está Nick Blaine (Max Minghella), el chofer del Comandante que, a la larga, se convierte en su única conexión física y humana.

Todos tienen sus grandes momentos, aportan un peso específico a ciertas acciones y un dramatismo que no necesita, exclusivamente, de golpes bajos para sacudirnos desde adentro. No, no vamos a entrar en detalles ni spoilers, pero esas últimas escenas de Moira nos pegan, justamente, porque podemos palpar cada uno de sus sentimientos. Emociones reales que todos hemos experimentado, tal vez no a estos extremos, pero que son intrínsecas a la raza humana.

La misma raza que está del otro lado, y aunque juremos no compartir su “ideología”, no podemos evitar sentir ¿pena? por las esposas que, al no alcanzar el único objetivo que les queda (el de procrear), deben atestiguar de forma sumisa como sus maridos violan a otras extrañas para que ellas puedan abrazar hijos que, en realidad, no les pertenecen.

Serena es una de las “villanas” de esta historia, pero también víctima de un sistema y una sociedad que ella misma ayudó a erigir y que luego le dio la espalda. No es completamente ajena al sufrimiento de las criadas, pero no se puede dar el lujo de sufrir junto a ellas. Lo mismo pasa con la tía Lydia (Ann Dowd) que, a pesar de su rigor y disciplina extrema, deja entrever ese momento de debilidad y compasión por esas mujeres que son como sus “hijas”.

“The Handmaid's Tale” nos obliga a poner las cosas en contexto para no terminar odiando a todos estos personajes. Estamos en medio de una ideología extremista donde los placeres no están permitidos, pero ninguna ley puede borrar de un plumazo la naturaleza humana y sus actos más primitivos. Acá, los hombres y mujeres (sean del rango que sean) tienen necesidades, y es ahí donde empiezan los dobles discurso y las transgresiones. El “has lo que yo digo, pero no lo que yo hago” está a la orden del día en la casa de los Waterford, y June va a tratar de sacar ventaja de esto, allí donde otras criadas perdieron el rumbo.      

Esta primera temporada de “The Handmaid's Tale” deja una historia demasiado abierta (sabiendo que se viene la segunda), aunque la abandona en el lugar exacto. Claro que sufrimos por el futuro y bienestar de nuestros protagonistas, pero la esperanza que exhalan logra borrar esa preocupación inmediata, reemplazada en seguida por el espíritu de lucha que caracteriza a las mujeres de cualquier época.

“No deberían habernos dado uniformes si no querían que formásemos un ejército”. Los opresores deben saber que cuanto más tiran de la cuerda, más resistencia obtienen a cambio. Los más débiles no lo toleran y se rinden, seguro, pero siempre a alguien que está dispuesto a decir que ‘no’ y enfrentar las consecuencias por los que vienen detrás. Las criadas tienen algo a su favor, algo que los demás no tienen y necesitan: su posibilidad para procrear donde reside, en parte, el futuro de la humanidad, que no es poca cosa.     

Este hecho tan “femenino” y tan poco “feminista” es el quid de la cuestión, no sólo en la ficción de Hulu, sino en nuestro día a día; una lucha constante por la individualidad, igualdad de derechos y el poder de decisión sobre sus propios cuerpos, acá convertidos en lo más “importante” y lo más vejado al mismo tiempo.

“The Handmaid's Tale” está perfectamente narrada, mezclando un presente austero y descolorido, con los destellos y alegrías del pasado de June, su esposo Luke (O. T. Fagbenle) y su pequeña Hannah. Visualmente conmueve e inquieta tanto como sus acciones y personajes, y no se contiene ante la violencia, necesaria, pero nunca gratuita.

Es feminista, por supuesto, sin necesidad de enarbolar una bandera; y necesaria, muy necesaria, para entender por qué nos ofendemos tan fácilmente por un piropo mal intencionado, por qué salimos a gritar #NiUnaMenos y otras tantas cuestiones que deberían estar erradicadas. Los temas que trata nos afectan a todos, mujeres y hombres por igual, porque al fin y al cabo somos seres humanos.