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Analisis | LA GUERRA FRÍA

ANÁLISIS: War Machine (David Michod, 2017)

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Por: Leo Valle

Brad Pitt es un excéntrico general dispuesto a ganar una guerra perdida. Pero perdimos todos.

En War Machine, el director australiano David Michod parece haber buscado su propia versión aggiornada de Dr. Strangelove (Stanley Kubrick, 1964). Pero como Michod no es Kubrick y Brad Pitt no es Peter Sellers, lo que nos quedó es una historia inconexa y confusa que nunca termina de arrancar a la vez parece que nunca va a terminar.

Pitt es Glen McMahon, un General a quien le asignan la (aparente imposible) tarea de terminar (ganando de ser posible) la guerra en Afganistán. El término “guerra” utilizado por supuesto para definir la ocupación americana y de la coalición en suelo afgano, que para ese momento (2009) estaba en un punto clave: Obama acababa de ganar las elecciones y había prometido terminar con el conflicto dejando al mundo esperando el retiro de las tropas mientras que los soldados debían seguir muriendo por una misión trunca.

War Machine cuenta una historia real basada en la nota “The Runaway General”, un perfil escrito por Michael Hastings para Rolling Stone que en 2012 se convirtió en el libro “The Operators: The Wild & Terrifying Inside Story of America’s War in Afghanistan”. McMahon es una versión satírica del General Stanley McChrystal, un líder nato cuyo meteórico ascenso lo llevó a convencerse a sí mismo que los Estados Unidos podían completar la ocupación de Afganistán de forma exitosa y que él podía resolverlo en tiempo récord de contar con los recursos necesarios. 

Alguien le dice a McMahon que “no llegó para ganar, sino para limpiar el quilombo que habían hecho”, extirpándole al soldado y lider su razón de ser. Es por eso que cuando le pasan la orden de que no pida más tropas demanda 40.000 soldados para ocupar de una zona hostil. Y cuando no le aprueban un plan de acción decide filtrarlo a la prensa y obligar al Presidente a tomar cartas en el asunto.

Había una buena historia para contar en War Machine. Una crítica a la maquinaria bélica norteamericana, como la que (con sus propios problemas) intentó representar la reciente Sand Castle (Fernando Coimbra, 2017), estrenada en abril también en Netflix. Pero la película de Michod no sabe hacia dónde va, saltando de intercambios ridículos entre personajes caricaturescos como el Presidente afgano Karzai (Ben Kingsley) o el mismísimo McMahon a convertirse en un drama político de estrategias entre galas y viajes por Europa, con una secuencia en el tercer acto que cambia tanto el tono del resto del relato que se siente como sacado de otra película – pero es el único momento en el que sentimos el verdadero peso del conflicto en el factor humano.

Tampoco ayuda que por un lado el director intente plasmar las contradicciones propias del personaje y la situación mientras una voz en off nos explica detalles de la personalidad o del conflicto que deberían mostrarse en lugar de contarse. Pitt compone un personaje, pero nunca es más que una interpretación. No es un ser humano real McMahon, aún cuando está basado en uno. 

Otra voces, sin embargo, construyen un contexto un tanto más interesante. RJ Cyler, Alan Ruck y Tilda Swinton tiene fugaces apariciones, pero le dan voz a un soldado raso, un burócrata de Washington y una política de la coalición que dudan desde su lugar de la posibilidad de éxito de la misión y confrontan a Pitt en intercambios sagaces y emotivos.


War Machine es una película que no suma demasiado y en la que no hay elementos destacables. Pitt vuelve a meterse en uno de esos personajes que tanto le gustan pero se pasa de rosca con la sátira y nos entrega una caricatura en un mundo que no parece tan caricaturesco.