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Ránking | Mi viejo xenomorfo ya no es lo que era

ANÁLISIS: Alien: Covenant

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Por: Jessica Blady

Ridley vuelve a la franquicia de sus amores, pero nos complica esto de querer ver más entregas.

Tras las críticas encontradas de “Prometeo” (Prometheus, 2012), Ridley Scott vuelve a la franquicia xenomorfa para seguir tratando de explicar los orígenes de estos bichos tan dañinos y, por qué no, de la propia humanidad.

Ahí residieron los problemas de esta precuela, que con “Alien: Covenant” (2017) se acomodan un poco, pero al mismo tiempo se desvía de su intención original. “ALien – El Octavo Pasajero” (Alien, 1979) nació como una película de terror y ciencia ficción, cargada de tensión, claustrofobia y sangre. “Tiburón en el espacio” la denominaron sus realizadores y por eso nos gusta tanto, y nos sigue generando tantas sensaciones.

Las secuelas que le siguieron ampliaron un poco el universo de estos monstruos asesinos y las intenciones de los humanos para con ellos, pero cuando el tema parecía agotado, Scott se fue para atrás con el única motivo de contarnos de dónde vinieron (y ¿de dónde venimos?).

La filosofía y la ciencia ficción se llevan muy bien, aunque eso no ocurrió con “Prometeo”, por eso el director vuelve a la acción y el gore, pero los lugares comunes y la inverosimilitud lo desbordan. Cuesta creer que “Alien: Covenant” es una película de Scott… y de Alien. Sí, hay bichos por aquí y por allá, pero ni siquiera son la mayor amenaza. Los xenomorfos se convierten (una vez más) en una excusa para explorar otros temas y otros villanos, ojo que no estaría mal, si la historia y los personajes tuvieran algo de sentido.

Pasaron diez años desde que la nave Prometeo se perdió en el espacio, algo que, al parecer, a nadie le importa. La Covenant tiene una misión muy diferente: transportar a sus miles de pasajeros criogenados, embriones y a su tripulación de catorce miembros hacia un pequeño planeta para ser colonizado. Todavía faltan siete meses para llegar a destino, pero una tormenta solar daña parte de la nave, despertando a los tripulantes y causando varios estragos.

Mientras deciden volver a dormir y seguir con su viaje, reciben una extraña grabación que les da a entender que podría haber vida inteligente en un planetoide cercano. Aunque hay discrepancias entre el nuevo capitán, Oram (Billy Crudup), y la segunda al mando, Daniels (Katherine Waterston), resuelven ir a investigar ya que este mundo plantea las mismas condiciones que están buscando para comenzar la mentada colonia.

El lugar se asemeja a un paraíso inexplorado, pero pronto descubren que esconde más peligros de los que pueden imaginar. Escapar se vuelve su prioridad principal, aunque las condiciones climáticas, las criaturas, y un viejo conocido, no se lo harán tan fácil.  

Los más doloroso de “Alien: Covenant” es que rompe con la mitología que el propio Ridley creó. Ese juego del gato y el ratón acá se vuelve frenético, acelerando los tiempos y destruyendo la tensión. Todo ocurre tan rápido que no nos dan ni tiempo de encariñarnos con los protagonistas y sufrir por ellos. Los tripulante vienen en parejitas, pero jamás llegamos a dilucidar muy bien a qué se dedican (científicos, militares, ingenieros) porque el tiempo no alcanza y Scott no se molesta en desarrollarlos. Los protagonistas, incluso Daniels (¿la supuesta nueva Ripley?), sólo son carne de cañón, personajes genéricos que van por la vida con muy poca prudencia, ya que hacen todo lo contrario a lo que se esperaría en semejante situación.

Scott convierte a sus protagonistas en clichés de una mala película de terror, de esos que bajan al sótano cuando escuchan ruidos extraños, sabiendo que hay un asesino serial suelto en la casa. Esto, y la rapidez con la que se reproducen los nuevos xenomorfos (sí, acá hay varias formas y colores) es lo que más molesta de la trama, pero no lo único. El director intenta justificarse, pero el daño ya está hecho.

En algún punto, a Scott le agarró nostalgia y mezcló la franquicia con “Blade Runner” (1982), sumando un nuevo villano a la ecuación, porque los bichos asesinos no eran suficientes. El guión de John Logan y Dante Harper sigue en busca de respuestas sobre el origen de la humanidad en la figura de David (Michael Fassbender), el androide mala onda que sobrevivió a Prometeo.

Los “ingenieros” quedaron en el pasado, como sus infructuosas definiciones. “Covenant” es más simple (tal vez, demasiado), pero logra conectar los puntos, aunque sacrificando la trama y a su personajes… cayendo en demasiados lugares comunes.

Visualmente es impactante y se nota lo que Ridley puede hacer con un gran presupuesto e imaginación, pero sufre del mismo síndrome de “Star Wars”, donde las precuelas lucen más modernosas y fuera de tiempo comparadas con las originales. No hay forma de rellenar algunos agujeros en el argumento, pero lo peor es la falta (consciente) de una historia simple pero poderosa, en beneficio de lucir doblemente a Fassbender y que una Inteligencia Artificial sea la verdadera protagonista.


“Alien: Covenant” no es una mala película. Es sangrienta al extremo, entretiene, pero es horriblemente previsible y molestan las acciones y actitudes de la mayoría de sus personajes que nada, nada tienen que ver con aquellos que ya cruzaron su camino con los xenomorfos.