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Analisis | LA JEFA

ANÁLISIS: Girlboss (Netflix, 2017)

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Por: Leo Valle

La historia de una chica construyó un imperio de moda también es de segunda mano.

En 2006 Sophia Amoruso comenzó a construir el imperio de moda Nasty Gal vendiendo ropa vieja y usada (léase “vintage”) por eBay primero y a través de su propio sitio web después. En febrero de 2016, cuando Amoruso también se había convertido en autora de un best-seller con su autobiografía / libro de autoayuda “#Girlboss”, Netflix anunció la serie del mismo nombre con grandes nombres involucrados: la misma Amoruso y Charlize Theron en la producción y Kay Cannon (Pitch Perfect, 30 Rock) en el guión.

Pero mucho ha cambiado desde aquel momento hasta el viernes pasado, cuando la serie finalmente llegó al servicio de streaming. En noviembre del año pasado Amoruso dejó su puesto de CEO en Nasty Gal y la compañía se declaró en bancarrota, por lo que la historia de esta “Cenicienta de la red” terminó de la peor manera – y eso sin contar las varias demandas que sufrió por (por ejemplo) despedir empleadas solo por haber quedado embarazadas.

Sin embargo toda esa información resulta irrelevante al momento de ver Girlboss, una serie que aclara de inmediato es una “ligera adaptación” de la obra original y la vida de Amoruso, decorada con un elenco de pintorescos personajes que rodean a la protagonista y le otorgan una necesaria humanidad apoyados sus propias particularidades.

La talentosa Britt Robertson es Sophia Marlowe, una irreverente veinteañera que reniega de la adultez y busca desesperadamente la forma de triunfar sin tener que someterse a las convenciones sociales. Sophia exuda autoestima. Sophia es parte de ese grupo de jóvenes que está convencido que el mundo les debe todo por el solo hecho de mejorarlo existiendo. Sophia no teme dejar en claro en cada interacción que tiene con otro ser humano que es infinitamente superior y que es un privilegio para cualquiera el mantener una conversación con ella. Sophia es absolutamente despreciable. Y lo peor es que no es para nada interesante y representa esa extraña percepción del feminismo que confunde tenacidad con egocentrismo.

En medio de esa crisis existencial encuentra la solución a todos sus problemas en una chaqueta que compra por unos dólares en una tienda de prendas usadas y consigue vender por casi diez veces su valor en eBay. Esa prenda se convertirá en la prueba de que existe una forma de sobrevivir trabajando desde su pequeño departamento, en una San Francisco a punto de ser invadida por la ola tecnológica que la volvió un lugar inhabitable para los locales por el disparatado costo de vida actual. En ese contexto se desarrolla Girlboss. En medio del boom de MySpace, de la crisis de Britney Spears y del éxito de la serie The O.C. (2003-2007)

Y aunque el primer episodio es casi una historia de origen, junto a los dos siguientes son quizá los peores de la serie. Hasta el momento en el que Sophia muestra que está dispuesta a trabajar y hacer sacrificios por lo que se ha vuelto su sueño, el guión se limita a ser una compilación de situaciones que hacen ver a la protagonista como una persona testaruda e insufrible que ve como el mundo se rinde a sus pies sin importar qué tanto lo rechace. “Mostrá, no digas”, reza el dicho. Y sin embargo Girlboss insiste en decir. Una y otra vez. 

“¿Por qué soy tan mierda?”, le pregunta Sophia a su mejor amiga Annie (Ellie Reed) tras de ser justamente despedida, intentando mostrarnos que su propia personalidad le resulta conflictiva aunque se niegue a mostrarse vulnerable. Es un recurso que la serie utiliza varias veces para representar el remolino de emociones que es la protagonista. Lo mismo que sucede con los montajes de Sophia bailando despreocupadamente ante cada éxito y destruyendo cosas después de cada fracaso.

Robertson consigue capturar esa energía y fiereza en una interpretación muy buena de un personaje muy malo. Es sin dudas el resto del elenco el que ayuda al espectador a salir esta fantasía ególatra e invitar a seguir viendo la serie – en particular Annie, un personaje infinitamente más adorable y real sin dejar de lado la confianza o la iniciativa. Por su parte, las participaciones de RuPaul, Jim Rash, Norm McDonald y Melanie Lynskey elevan mucho el nivel de los diálogos incluso desde el tono excéntrico y casi adolescente que rodea a toda la serie. Hasta Amanda Rea como la extraña modelo Bettina tiene buenas intervenciones.

Es justamente después del cuarto episodio, cuando las relaciones están establecidas y Sophia deja de forma parcial de ser el centro de la escena, cuando la serie muestra su mejor cara, y mucho más en los (pocos y esporádicos) pasajes en los que nos ofrece un vistazo al costado más emotivo de la protagonista y no tiene miedo de mostrar su vulnerabilidad. Aún así, quizá como cuando uno de los personajes le dice a Sophia que le gusta pero no sabe porqué, como espectadores queremos ver la historia hasta el final, aunque no tengamos del todo claro qué es lo que nos impulsa a hacerlo.

Donde sí destaca Girlboss en el aspecto visual. Uno espera que una serie que gira alrededor de la moda tenga una identidad clara, y en ese aspecto no decepciona. Ciertos momentos de fantasía en el que vemos el mundo a través de los ojos de Sophia, un recorrido por la San Francisco de hace una década buscando el nombre perfecto para la tienda o la representación teatral de lo que eran los foros en aquella época, está muy bien logrados. 

Cuando la producción se toma la libertad de manipular los recursos para contar la historia es cuando resulta más atractiva. Cuando la búsqueda es más literal, a veces se pierde en la redundancia.


Girlboss queda atrapada en un limbo extraño entre el drama y la comedia y gira alrededor de una protagonista que genera más rechazo que empatía. Como varias series de Netflix, tarda un par de episodios en tomar ritmo y los créditos del final nos dejan pensando que en la segunda temporada hará pie definitivamente. Quizá para ese entonces, todo deje de girar alrededor de Sophia.