Publicado el

Analisis | Viejos son los videojuegos

ANÁLISIS: Full Throttle Remastered (PC, PS4, Vita)

Volver a la home

Por: Ignacio Esains

Tags: lucasarts
Un clásico de LucasArts recibe una lavada de cara que expone sus peores defectos y anula muchas de sus virtudes.

Arranquemos la curita de una: Full Throttle no ha envejecido bien. La primera aventura de CD-ROM de LucasArts era corta, tenía pocos puzzles interesantes, y la simplificación excesiva del diseño hacía que haya poco para redescubrir en una historia lineal y predecible. Y ni hablemos de las imperdonables secuencias de acción.

Sin embargo, la magia de Full Throttle perdura, y aún hoy supera esos graves defectos gracias a un elenco de personajes inolvidables y un universo tan bien desarrollado que parece cruel de parte de su creador Tim Schafer habernos dado tan poco tiempo para explorarlo. En cuatro horitas (difícil que te trabes en este juego) Schafer nos presenta un futuro postapocalíptico que no tiene nada que envidiar a Mad Max, con sus pandillas de motoqueros organizadas casi como tribus que incluyen a los habilidosos Vultures, los cuasi-religiosos Cavefish, y los nobles Polecats liderados por nuestro protagonista, el taciturno Ben.

A diferencia de otros héroes de LucasArts, Ben es un hombre de pocas palabras, interpretado por el actor de voz Roy Carson con mesura digna de Clint Eastwood, aún cuando se enfrenta con las situaciones surrealistas que uno espera de una aventura de este estudio. El elenco que rodea a Ben mantiene la vara altísima, en especial Kath Soucie como la impasible Maureen y Mark Hamill (sí, ese Mark Hamill) en el rol de Ripburger, un villano que tiene las líneas más graciosas del juego sin perder su aura amenazante. Uno de los toques brillantes de Schafer es convocar a la banda de country-rock The Gone Jackals para musicalizar los momentos más icónicos, un sonido que encaja con la estética sucia, polvorienta del juego.

En 1995 el mundo de Full Throttle era lo más cercano que teníamos a una película animada interactiva, y aún hoy impacta la animación expresiva, los personajes llenos de detalle y el uso del color en fondos que evocan el espíritu desolador de estos personajes sin rumbo, hijos de la carretera. Los vehículos, casi fetichizados por los protagonistas, están renderizados en 3D y ajustados a la paleta del juego, integrándose sin fisuras al arte 2D del resto del juego.

La historia de Ben es tan lineal como directa: una road movie (con una estructura sospechosamente similar a la de la primera Star Wars) que plantea un conflicto en sus primeros minutos y lo resuelve sin muchos desvíos. El que lo juegue por primera vez deberá olvidarse de lo que solemos relacionar con LucasArts: las eternas conversaciones con personajes secundarios, la acumulación de objetos, probar cada verbo con cada elemento del escenario. Cada pantalla tiene dos o tres puntos con los que interactuar, y nuestras opciones están limitadas a mirar, patear, agarrar, y, eh, “usar la boca”.

Los puzzles son igual de esquemáticos. Principalmente puertas y cajas cerradas que debemos abrir, a fuerza de patadas o de encontrar el objeto indicado para entrar… con la excepción claro, del clásico puzzle de los conejitos. En vez de charla, exploración y puzzles Full Throttle ofrece espectaculares (aún hoy) secuencias cinematográficas y deplorables secuencias de acción arcade, que eran una mala idea en 1995 y dos décadas después son imperdonables - en especial porque esta nueva edición tampoco nos permite saltearlas. Son dos minijuegos: uno de combate a bordo de las motos que es simplemente monótono, y otro que sólo tendremos que jugar una vez pero cuyos durísimos controles podrían hacer que un monje zen tire el DualShock por la ventana.

Con todo lo bueno que tiene para ofrecer, Full Throttle termina resultando insatisfactorio, en especial porque como pasa con Loom o The Dig (los juegos de LucasArts a los que más se parece), su rejugabilidad es nula, lo que lo hace una opción bastante extraña para una remasterización. En especial para una remasterización tan descuidada como esta.

Desde su primera imagen Full Throttle Remastered demuestra que el que encaró el proyecto no tiene idea de lo que hace del original un clásico. El menú está ambientado en una recreación del Kickstand, el bar en el que empieza el juego, con horrendas recreaciones de los personajes y una empalagosa paleta de colores de juego de mobile. No es la mejor primera impresión. Y la cosa va en bajada.

El juego inicia con una toma del logo de LucasArts en el cielo y la famosa narración inicial de Ben (“cada vez que huelo asfalto, pienso en Maureen…”). La cámara desciende, dándonos un plano de la ruta, y las montañas. Pero en la versión Remastered no parecen montañas. El artista encargado de recrear los fondos usó un filtro para suavizar los píxeles del original, logrando que cada montaña sea igualita a… no tengo ganas de explicar de más. Una montaña es un montículo color marrón. Ustedes imaginen lo que viene después.

Por alguna razón, la nueva versión hace más luminosa la paleta, removiendo la estética sucia del original y (por alguna razón) efectos memorables en los fondos como las nubes moviéndose a través del cielo nocturno. Los personajes están vueltos a dibujar por completo, con un estilo limpio, de línea clara, que hace que Full Throttle parezca una serie animada de los ‘90, en vez de las líneas escarpadas del original, que recordaban al estilo de animación de Ralph Bakshi (Heavy Traffic, El Señor de los Anillos). Con solo un botón la versión remasterizada permite pasar a la versión original, y no hay un sólo fondo que resulte superior a los de 1995.

Los objetos 3D, tan bien integrados al arte pixelado del original, están renderizados de nuevo, tomando como referencia los diseños originales (disponibles como extra en los menús de juego). El problema es que todo parece recién salido de fábrica, desde la moto de Ben hasta la limusina de Corley que lleva horas recorriendo el desierto. Cada objeto que se suma a los fondos parece fuera de lugar, y hasta el perfecto puzzle de los conejitos se arruina cuando tenemos que ver una caja tirada en el suelo carente de sombras y suciedad. Parece un sticker pegado en la pantalla.

La aspiradora de imperfecciones del estudio especializado en conversiones SuperGenius también hace estragos con la banda sonora. El juego original usa tecnología anticuada de compresión que hace que todo el sonido parezca el de una radio AM mal sintonizada. Como bien dice Schafer en uno de los textos del comentario, la música de Gone Jackals está saturada al punto de que las letras son incomprensibles, una decisión técnica del momento que, sin quererlo, enriquece esa estética descuidada del original. El nuevo audio está restaurado de los masters originales, lo que hace que la música suene chata y algunas voces (Maureen en especial) se vuelvan irreconocibles.

Los simples controles de Full Throttle no necesitaban muchas reformas, y la implementación a un control tipo DualShock (lo terminé en su versión de PlayStation 4) es correcta. Hay un par de errores gráficos que hacen que la pantalla se vaya a negro de forma abrupta más de una vez, y un bug que hizo que tuviera que cargar una partida salvada en la secuencia del perro en el desarmadero. La traducción al español es la misma que en el original, y no - no tiene audio en español, pero por primera vez podemos escuchar la famosa versión en alemán. O francés, si eso es lo tuyo ¿será por eso que esta remasterización de un juego de 300MB hoy ocupa casi 9GB?


El juego original no está entre lo mejor de LucasArts pero sigue siendo una experiencia agradable para los fanáticos de las aventuras gráficas y los seguidores de la carrera de Tim Schafer. La remasterización, lamentablemente, demuestra un descuido alarmante por parte de Double Fine, en especial después de la excelente recreación de Grim Fandango y el correcto trabajo realizado también por SuperGenius en Day of the Tentacle. Un consumidor inteligente esperaría una oferta o simplemente mantendría vivo el buen recuerdo de un producto de su tiempo que, a pesar de los defectos, tiene bien ganado su título de “clásico”.