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Analisis | El puño de goma

ANÁLISIS: Iron Fist - Temporada 1 (Netflix, 2017) (SPOILERS)

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Por: Leo Valle

Llegó el último Defensor con su puño de hierro a cuestas y te contamos qué nos pareció.

De todas las series de Netflix lanzadas hasta el momento Iron Fist era, sin dudas, la que menos entusiasmo generaba en el público en general. Daredevil despertaba intriga por la llegada de una serie con altos valores de producción y un tono más adulto, Jessica Jones venía subida al vagón del éxito de Matt Murdock con un gran elenco para aguantar el peso de la expectativa, y Luke Cage nos compró con su fugaz pero memorable aparición en la serie de la detective además de prometer devolvernos un poco del género blaxplotation.

Iron Fist, sin embargo, se sintió desde el comienzo como la última pieza de rompecabezas de The Defenders y nada más. El elenco creaba más controversia que emoción y la historia del millonario que vuelve después de años de entrenamiento en una tierra lejana ya había sido vista mil veces, aplicada a personajes más populares e interesantes. Iron Fist se veía a lo lejos como el Thor del universo de Netflix de Marvel: un personaje que es funcional como parte de algo más grande, pero cuya relevancia en solitario se limita a la integración de personajes secundarios y situaciones con influencia en eventos futuros.

No podemos hablar de la serie, sin embargo, sin hablar del quilombo que se armó en redes sociales la semana previa a su estreno, en la que Finn Jones, el protagonista, se cruzó con fanáticos y críticos por igual. Con los primeros por las (justificadas) acusaciones de whitewashing (elección de actores occidentales para roles que acomodarían mejor a un oriental), y con los segundos por las despiadadas críticas que habían recibido los primeros seis episodios antes de su estreno – Jones argumentaba de forma casi peyorativa que la serie no estaba hecha para críticos sino para fanáticos, sea lo que sea que eso signifique.

De todas formas, fanático o crítico, difícilmente alguien disfrute de esta nueva propuesta de Netflix.

Iron Fist no es una buena serie. No es la peor serie de Marvel en el servicio de streaming porque ese galardón lo sigue vistiendo orgulloso Luke Cage, pero es otro ejemplo de la incapacidad de los guionistas de ofrecer un producto compacto y, en este caso, coherente y entretenido.

El primer episodio nos muestra un pibe descalzo y descuidado (Finn Jones) que se apersona en Rand Enterprises asegurando que es Danny Rand. El problema es que Danny Rand y sus padres supuestamente murieron en un accidente de avión hace 15 años, y sin ninguna prueba de vida más que su propia palabra, los hermanos Joy y Ward Meachum (Jessica Stroup y Tom Pelphrey) lo sacan a patadas en el culo en un santiamén pensando que es un loco que solo busca guita. Explicar que pasó la última década y media en un monasterio oculto en los Himalayas no ayuda demasiado, como se podrán imaginar.

Viviendo en la calle Danny conoce a Colleen Wing (Jessica Henwick), una sensei que tiene un dojo en algún lugar de las ocho cuadras que componen la versión de Nueva York de las series de Netflix y quién desde el primer segundo deja en claro se terminará convirtiendo en el interés romántico del protagonista. 

Todo eso sucede en el primer episodio, que es flojo principalmente porque tiene ciertos momentos de ridiculez extrema que opacan sus pocas cosas buenas. Ward es una caricatura, el tipo que vive en el parque con iPhone 7 es estúpido, y la primera escena de acción es tan mala que da risa. Pero hay un par de diálogos creíbles y emotivos (en particular entre Finn y Stroup) y Jessica Henwick ya se empieza a mostrar como uno de los mejores elementos de la serie. 

Pero es entonces cuando Iron Fist hace lo que suelen hacer las series de Marvel en Netflix: tirarnos por la cabeza tres o cuatro episodios en los que no sucede absolutamente nada. En su primera mitad la serie no se decide qué historia quiere contar y se estanca en pequeños arcos argumentales uno tras otro. No apunta a explotar el humor del concepto de “pez fuera del agua” ni el posible drama de identidad de Danny, y ni siquiera (buen momento para hacerlo) nos ofrecen algunos flashbacks del entrenamiento para explicarnos un poco qué es el Iron Fist y porqué es importante. En su lugar vamos de un lado para el otro con el personaje sin demasiado sentido y vemos una y otra vez la dinámica de los Meachum para establecer quienes son los villanos y quienes los personajes en conflicto con la situación. 

Recién a partir del sexto episodio la serie toma ritmo y se pone más interesante, respondiendo algunas preguntas mientras presenta nuevos interrogantes y misterios (algunos resueltos mejor que otros). La integración de La Mano, la organización ninja que conocimos en la segunda temporada de Daredevil, en este caso se siente un tanto más orgánica y justificada, y darle a la estructura criminal una serie de matices y un alcance inédito que casi la emparenta con Hydra la vuelven todavía más interesante. En particular porque La Mano controla a Harold Meachum (David Wenham), el padre de Joy y Ward revivido por la organización, que desde las sombras construye un villano bastante interesante. De hecho hasta la historia de los Meachum abandona el drama corporativo de Wall Street en la segunda mitad y convierte al trío en personajes un tanto más realistas, con motivaciones, amores y odios más genuinos.

Por desgracia todas estas buenas intenciones y aciertos no pueden compensar los dos mayores problemas de la serie: sus flojos guiones y sus malas coreografías de pelea. 

Hay que ser justos y decir que los actores hacen lo que pueden con sus diálogos, repetitivos y expositivos hasta el hartazgo. Los guionistas parecen no confiar en que el espectador pueda recordar un personaje que vio o un hecho del que fue testigo hace minutos, y se aseguran de que los personajes lo destaquen para dejarlo en claro. Asimismo, nadie necesita transmitir emociones a través de lenguaje no verbal, porque no hay una sensación o sentimiento que no se exprese directamente. Iron Fist está escrita de forma básica y amateur por momentos. Cada vez que Danny citó a Buda o las enseñanzas de algún maestro me sentí en una casa de té de Palermo Soho.

Para completar el desastre, el desarrollo de los personajes es inconsistente (en particular durante la primera mitad), la inclusión de Claire Temple y la referencia a Jessica Jones están forzadísimas, y ciertas vueltas del guión, como un viaje a China sacado de la galera, son tan inverosímiles que asusta que formen parte de una producción de esta envergadura (para lo único que sirve es para confirmar que el tráfico de personas es muy sencillo siempre y cuando se use un jet privado).

Pero supongo que todas esas fallas serían perdonables si la serie, que gira alrededor de maestros de artes marciales, tuviera algo interesante para ofrecer en ese aspecto. Pero no. Las coreografías se sienten desganadas, poco practicadas y aburridas. 

Las escenas de pelea en las series de Netflix han intentado respetar la esencia de los personajes: Daredevil utiliza un estilo que mezcla precisión y elegancia con crudeza de combate callejero, mientras que Jessica Jones y Luke Cage son más descuidados y violentos, justificando su fuerza y resistencia respectivamente. Iron Fist, por su parte, es un tipo que domina las artes marciales pero nunca deja de sentirse como un actor que aprendió un puñado de coreografías una semana antes, algo que se podría haber resuelto con un doble de acción, pero que al no usar máscara, obliga a utilizar a Jones, quien pasa tropezándose consigo mismo en el 90 por ciento de las ocasiones.

Lo más decepcionante es que no solo las escenas que incluyen a Colleen Wing son mucho más atractivas e impactantes, sino que el mismo Jones por momentos transmite algo de eso. Tanto en el desafío de La Mano, compuesto por tres luchas consecutivas contra rivales con diferente estilo, como en el enfrentamiento con el guardián borracho Zhou Cheng (Lewis Tan), Iron Fist muestra un enorme potencial. Pero no alcanza cuando hasta para patear un perro el protagonista tiene problemas mientras todo el mundo a su alrededor parece saber lo que está haciendo.

Al comienzo de este análisis decía que uno de los problemas de Iron Fist podía llegar a ser que su existencia se justificaba únicamente por la necesidad de completar el grupo de The Defenders. Después de ver la serie completa puedo confirmar que Iron Fist sirve casi exclusivamente para establecer las bases de lo que vendrá y no tiene valor propio. Por supuesto, la incorporación de Colleen al equipo y las revelaciones del enigmático grupo La Mano son grandes atractivos, pero no lo suficiente para justificar 13 episodios y un protagonista tan aburrido. 

No puedo dejar de pensar que si no hubiera tenido la necesidad de atarse tanto a elementos preexistentes, la serie podría haber desarrollado un poco más la historia de Danny como Iron Fist y el conflicto interno que apenas vemos plasmado en pantalla. 

Vale recordar que la tarea como el elegido es proteger la entrada de K'un-Lun, este mítico lugar al que se puede acceder cada 15 años.  Pero Danny, todavía con el diploma en la mano, decidió escapar en la primera chance que tuvo para intentar volver a su vieja vida, a sus viejos afectos. Todo ese arco argumental vive y muere en el personaje de Davos, el único amigo que Danny tuvo en el monasterio y con quién entrenó, que aparece en la mitad de la serie para llevarlo de vuelta a los Himalayas. Pero en lugar de ofrecer una razón para la meditación y la introspección, el conflicto se limita a un simple tira y afloja en medio de incontables combates contra La Mano en sus varias formas. Eso, además, genera que Davos, en lugar de un tipo comprometido con sus creencias y su destino, termine pareciendo un nene envidioso y caprichoso. Es extraño que los conflictos internos de Colleen como parte de La Mano terminen estando mejor desarrollados y resueltos que los del mismo protagonista.

Sin ser fanático del cómic o un amante de las adaptaciones desconectadas del contexto, creo que es necesario hablar de la elección del protagonista. Aunque este Danny Rand es fiel al original, creo que le hubiera sumado mucho a la serie darle algún tipo de conexión oriental al personaje. El mensaje detrás de un integrante de una minoría enfrentando el choque de culturas y el poder corporativo hubiera sido mucho más impactante y atractivo de ver, en particular si en algún momento ese personaje hipotético y Luke Cage forman un vínculo y se asocian. ¿Es necesario respetar al pie de la letra los lineamientos de un protagonista creado en una época completamente diferente y cuya historia está plagada de estereotipos raciales? Yo creo que no. Más allá de eso, no es justo evaluar la serie por lo que no es, pero de todas maneras creo que era una buena oportunidad para que Marvel le escapase a la seguridad que inunda sus películas.

También refiriéndome a lo que pudo haber sido habiendo visto ambas series, Marvel debería haber presentado a Luke Cage y Iron Fist en un único proyecto (quizá llamado “Heroes for Hire”), compactando sus historias al equivalente a cinco episodios y después mostrándolos enfrentando a un enemigo común en los últimos tres. No hubiera sido complicado enlazar la historia de Cottonmouth y Mariah con la de La Mano (quizá como parte de su alcance en Harlem) y luego conectar los caminos de ambos héroes hasta un enfrentamiento con Madame Gao y Bakuto. Obviamente hay una razón por la cual los creadores de estas series ganan millones y yo soy un muerto de hambre, pero no hay dudas de que ambos héroes son los menos interesantes y sus series las más flojas. Si Black Widow y Hawkeye todavía no tuvieron su película y se integraron al universo juntos (Black Widow presentándose en Iron Man 2 como Luke Cage en Jessica Jones), ¿por qué no manejar estos personajes de igual manera?

Sin embargo, dado que parece difícil que Marvel y Netflix le den luz verde a una segunda temporada del personaje en solitario, quizá en The Defenders pegue onda con Luke Cage y los veamos juntos en una propuesta más interesante en unos años.


Iron Fist tiene muchos problemas. Demasiados para enumerarlos (y les aseguro que no mencioné varios). No es la peor serie de Netflix porque, a diferencia de lo que suele ser la norma, pone los elementos más interesantes en la segunda mitad, dejándonos con un no-tan-mal sabor de boca cuando pasan los créditos finales. ¿Vale la pena verla? Diría que como parte de algo más grande es casi necesario. El problema es que con las películas uno se lo banca, pero estas series, que piden 13 horas de atención, vuelven ese “sacrificio” un tanto más complicado. Queda en cada uno el pensar cómo quiere administrar sus horas libres.