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Analisis | El (im)perfecto asesino

ANÁLISIS: Assassin's Creed (Justin Kurzel, 2016)

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Por: Jessica Blady

Fassy llega con ganas de salvar el género fichinero en la pantalla grande..., pero no.

La versión cinematográfica de “Assassin's Creed” venía con muchas ganas de salvar las adaptaciones fichineras. Les tengo malas noticias: eso no va a pasar, principalmente porque el director Justin Kurzel se concentra demasiado en la estética y se olvida de contarnos una historia con cierto grado de coherencia.

Kurzel vuelve a hacer equipo con Michael Fassbender tras la buena acogida de “Macbeth” (2015) y se sumerge en sociedades secretas y mitos medievales que llegan hasta la actualidad. Arrancamos en la España del siglo XV, en plena Inquisición Española, donde Aguilar de Nerha (Fassbender) es introducido como nuevo miembro de la orden conocida como los Asesinos, comprometido a proteger al príncipe Ahmed de Granada y la Manzana o Fruto del Edén, artefacto que contiene el código genético del libre albedrio, también buscado por los Templarios con la única intención de subyugar a la humanidad. Hasta acá, todo bien, incluso nos creemos que Fassy domina el acento español.  

Saltamos a 1986, un pueblucho en medio del desierto norteamericano, donde el pequeño e intrépido Callum Lynch atestigua como, supuestamente, su papá asesina a su madre. Callum huye y comienza una vida de fechorías y ansías de venganza. Treinta años después, el camino llega a su fin, cuando es sentencia a muerte por matar a un proxeneta. A lo ojos del mundo, Lynch deja de existir, pero tiene una segunda oportunidad gracias a la gente de Abstergo, una compañía que, a través de una tecnología revolucionaria, intenta erradicar la violencia en el mundo.

La cosa no es tan así, Abstergo es la fachada perfecta de los Templarios. Alan Rikkin (Jeremy Irons) y su hija Sophia (Marion Cotillard) dirigen el lugar con base en Madrid y, de la mano de Lynch (otra vez Fassbender) tienen su mejor oportunidad para hallar la Manzana.

¿Cómo? Callum descubre que desciende de Aguilar y, a través del Animus, puede experimentar las memorias del “asesino”, incluyendo la ubicación del Fruto del Edén. De repente, el condenado manifiesta habilidades que ni pensaba que tenía, pero debe haber cierto consentimiento de su parte para logar las metas de los Templarios. O sea, los malos quieren erradicar el libre albedrío, pero necesitan de este para logar sus objetivos. ¿Se entiende?

Esta es una de las tantas inconsistencias de la película y, sobre todo, del personaje de Callum, que no tiene ni pies ni cabeza. Sus decisiones no están muy justificadas que digamos, y cambia de actitud más rápido de lo que Anakin se pasó al Lado Oscuro.  

“Assassin's Creed” (2016) es un mar de clichés narrativos que sólo zafa gracias a sus espectaculares escenas de acción muy bien coreografiadas, la puesta en escena medieval (aunque no se entiende porque España es tan “brumosa”) y todo el concepto del Animus. Hasta ahí, paremos de contar.


“Assassin's Creed” se toma todo (y a sí misma) demasiado en serio y ni siquiera logra entregarnos dos horas de sano entretenimiento descerebrado sin aburrirnos en el proceso. Falta una historia de fondo, aunque sea un algo básico, en vez de tantos saltos por los techos y problemas filosóficos. Ubisoft, seguí participando.