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Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: La Insoportable Levedad del No Ser

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Por: Victor Gueller

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Un importante aprendizaje escondido en una minúscula crónica viajera.

I - Siguiendo la Luna

Pasé los primeros días del año a 2.000 kilómetros de Buenos Aires. Lo hice, quizás, porque no tenía nada mejor para hacer. Siguiendo a rajatabla esos principios pequeñoburgueses de los que tanto reniego, me instalé en un pueblo patagónico en el que las reglas de lo cotidiano eran muy diferentes a las mías.

La intención de estos párrafos no es retratar paisajes, personajes o aventuras; esta historia es mucho más pequeña y, como tal, mucho más universal. Durante alrededor de 100 horas, mi hogar fue un albergue ubicado en la subida de un cerro, lo que me obligaba a una enérgica caminata de media hora para acceder a la Ruta 40, y a otra media hora más si quería reencontrarme con la civilización. Ante un panorama semejante, la tragedia más grande era quedarme sin cigarrillos, algo que sucedió con preocupante frecuencia, tal vez porque me prometía vanamente que cada atado que comprase sería el último.

Recorrí cada mañana esos senderos perdidos con el único fin de llegar a la estación de servicio que saciaría la ansiedad de mis pulmones. Curiosamente, encontré más placer en aquel paseo sin humo que cruzando los ínfimos 20 metros que separan mi vivienda porteña del kiosco más cercano.

Ya finalizada mi última travesía, pocas horas antes de emprender el regreso, cambié 50 pesos por un atado de esos puchos que tan bien vendió Donald Draper. Atravesé la puerta de la Petrobras y, mientras disfrutaba del primer veneno del día, una perrita se sentó a mi lado. Luego de pisar la colilla y de encender otro cigarrillo casi al instante, caminé hacia la terminal de colectivos, que para ser sincero no era una terminal sino sólo una esquina. La perrita, con suma tranquilidad, siguió mis pasos. Supe que la despedida sería difícil.

Contando con varios minutos de sobra, se me ocurrió detenerme en una panadería y comprar tres medialunas. Una sería para mí y dos para mi nueva amiga. Creí que si las dejaba en el suelo, ella se distraería y yo podría continuar sin tanta culpa. Aumenté el ritmo de mi caminata pero, no obstante, a los pocos instantes ella estuvo una vez más a mi lado.

Opté por ir hacia la plaza central. En el camino, otros tres perros se acercaron en actitud desafiante, dos de ellos ladrando, el restante tirando tarascones al aire. La perrita, mi perrita, bajó la cabeza y siguió caminando. Ahí noté las profundas heridas que tenía en su cuello; fue en ese momento en que me miró invadida por un sentimiento que yo interpreté como vergüenza.

Me senté en el pasto y prendí otro cigarrillo. Ella se recostó, suspiró profundamente y se quedó dormida. Por una milésima de segundo, analicé la posibilidad de realizar una cruzada que me permitiese traerla conmigo a Buenos Aires, pero entendí que una gesta de esas características sería más egoísta que heróica. No podría condenar a Luna -así la bauticé- a vivir entre cuatro paredes. Sí he podido, sin embargo, encerrarme a mí mismo en ese lugar, como lo he hecho durante casi toda mi vida.

Suelo encariñarme con todos los perros callejeros, pero algo en mi fugaz vínculo con Luna fue diferente. Sentí que ella me había elegido por sobre los demás, algo que en verdad sucede muy poco. Desde nuestra ignorancia, repetimos que los animales son capaces de ver cosas que los humanos no; Luna me llevó a desear que efectivamente sea así.

Pensé en ella durante las primeras horas de mi viaje en micro, hasta que la ruta y el cansancio me llevaron a distraerme con otros asuntos que en realidad no importaban tanto.

 

II - Un aprendizaje

Los animales no tienen noción del tiempo. Para ellos el pasado y el futuro no existen, por eso Luna estaba más concentrada en jugar conmigo que en lamentarse por su cuerpo lastimado.

Regresé a Buenos Aires y me propuse ser más como ella. Recapitulando mis últimos años, comprendí que mi grandes faltas han sido no estar en el presente y esquivar decir lo que quería decir, algo que para los perros, pese a sus limitaciones, es lo más natural del mundo.

Tenemos la costumbre perfectamente aprehendida de querer quedar bien con los demás, sacrificando en el proceso nuestro propio bienestar. No se imaginan, adorables lectores, la cantidad de sucesos que protagonicé que podrían haberse evitado simplemente esgrimiendo una palabra sincera; no podrían creer las situaciones de las que fui testigo, situaciones absurdas, hipócritas, inverosímiles.

No podemos cambiar el mundo pero sí podemos decidir cambiar nosotros, y si todos lo hacemos, el mundo indefectiblemente cambiará. Mediante este acto tan poco solemne, me comprometo de aquí en más a decir lo que deba decir ante quien deba decirlo, no estoy dispuesto a seguir viviendo bajo la tiranía de los likes.

Las razones para elegir quedarnos donde estamos son muchas: comodidad, indulgencia, inseguridad o miedo, pero ninguna de ellas puede compararse con la satisfacción que implica dejar de escondernos en un insostenible deber ser. Los invito, entonces, a hacer la prueba conmigo. Dejemos que la autenticidad se sobreponga a todo aquello que los demás esperan de nosotros. Probablemente encontremos piedras en el camino, pero cada paso que demos nos acercará a nuestro horizonte, ese horizonte hecho exclusivamente a nuestra imagen y semejanza.