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Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: Cambio de Hábitos

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Por: Victor Gueller

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Un nuevo monólogo, una nueva Aguafuerte.

Nunca tuve suerte con los hombres. Al principio pensé que podía ser casualidad, pero cada día que pasa estoy más segura que jamás voy a casarme. No, no soy la típica Susanita que sueña con el vestido blanco y una fiesta llena de gente, nada de eso. Pero con casi 30 años, no sé, me gustaría tener un poco más definida mi vida.

Repaso mis relaciones una y mil veces y sigo sin entender qué es lo que falla. Parecería que cuando mis padres decidieron tenerme llenaron un formulario en el que solicitaban que su hija mayor sea una excelente estudiante, una gran profesional, una mujer de convicciones firmes y… una solterona vitalicia.

Mi último novio me dejó hace un mes y ni siquiera me pudo dar una explicación coherente. “Las cosas no funcionan entre nosotros”, dijo, y a las dos semanas ya estaba saliendo con otra. No soy necia, sé que este último tiempo estuvimos lejos de ser el ideal de una relación. La rutina nos había consumido, parecíamos hermanos más que una pareja. No recuerdo cuándo fue la última vez que tuvimos sexo.

El sexo… ese es un tema aparte. Yo no sé que pretenden los hombres hoy en día; es como si se hubiesen creído que tienen que repetir a rajatabla todo eso que vieron en las películas porno. Si les contase las cosas que me pedía Leandro… la verdad, no sé para qué me las pedía, si las pocas veces que accedí se terminó durmiendo a los pocos minutos.

A cierta edad, el sexo se disfruta de otra manera. Yo no pretendo una maratón que dure horas, me alcanza con que me traten con cariño, que me hagan sentir querida. Leandro no era malo ni mucho menos, pero a veces tenía la sensación de que estaba con él sólo para cumplir una obligación, era como fichar la llegada al trabajo o pagar puntualmente las expensas del departamento que compartíamos en Colegiales.

Cuando nos separamos, no le conté nada a nadie. No quiero que mamá se preocupe, me llene de preguntas y me llame varias veces al día para ver cómo estoy. Es una separación nada más, no es la muerte de nadie. Si se entera Laura, mi hermana, seguramente me repetiría lo mismo que dijo cada vez que me separé y yo, por supuesto, no se lo creería.

Ella nunca fue buena disimulando el placer culposo que siente cada vez que yo fracaso en algo. Supongo es su manera de equilibrar las cosas, ella no pudo tener el éxito profesional que yo sí logré, así que se contenta viendo como se desmoronan mis relaciones. Papá, en cambio, ya se resignó. Sabe perfectamente que si quiere un nieto, no voy a ser yo quien se lo dé.

Por suerte, en medio de todo este caos, la tengo a Luciana, mi mejor amiga. A Lu la conocí cuando tenía 11 años. Había vivido mucho tiempo en el exterior porque su papá era cónsul en Suecia. El tipo terminó metido en un tema de corrupción, y ella volvió al país con su mamá, y tuvo que empezar una nueva vida. Yo fui la primera persona con la que habló en el colegio, y desde entonces no nos separamos.

Nunca fui de sentir una empatía muy grande por la gente, pero con ella fue distinto, no podía evitar ponerme en su lugar. Me imaginaba lo difícil que sería dejar todo lo que conoces y adaptarte a un país en el que casi no viviste, con gente que tiene otras costumbres y que habla en un idioma que apenas sabés. Yo la ayudé en lo que pude, y con los años nuestra amistad se fue afianzando cada vez más.

Leandro siguió viviendo en el que fue nuestro hogar, así que yo me instalé provisoriamente con Luciana mientras busco un lugar más o menos lindo para alquilar. Igual, no puedo quejarme, acá estoy muy cómoda. Ella suele preparar la comida -no saben lo bien que cocina- y me cuida y me mima en este momento tan difícil.

Vamos al cine, salimos de compras, a veces cenamos afuera. Cuando estoy con Lu me olvido de los problemas y las preocupaciones, ella siempre tuvo esa virtud, siempre sacó lo mejor de mí. Todas las noches, antes de acostarnos, viene a mi cuarto y, riéndose, me da un besito de las buenas noches, para que no me sienta tan sola. Es la amistad perfecta, casi como un noviazgo, pero sin sexo, que al fin y al cabo sólo complica las cosas.

El fin de semana pasado hicimos un pacto. Ambas juramos que si en dos años seguimos solteras, nos casamos entre nosotras, total, ahora nadie te hace historia por eso. Sería una linda forma de sellar para siempre esa relación tan pura y tan sincera que tenemos desde que nos conocimos. No quiero ni imaginarme lo que diría mi familia, pero ya estoy grande para pensar en esas cosas. Además, no significaría nada. No es que me gusten las mujeres, lo que pasa, simplemente, es que ya no sé si me gustan los hombres.