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Ránking | El año de las Oportunidades Perdidas

Mis cosas favoritas de 2016 X Dylan

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Por: Victor Gueller

El 2016 que se va, el 2017 comienza, y un saldo negativo que revertir, todo, en el año de Dylan.

Estimados, caros lectores. Si en esta lista esperan encontrar menciones de algún tipo a todas esas cosas que justifican la existencia de Malditos Nerds, déjenme ser el primero en sepultar sus ilusiones. Amparado en la libertad de la propuesta, en la presente nota se dan cita, ni más ni menos, que mis diez ¿situaciones? ¿instantes? ¿lugares? favoritos del año que se va, indudablemente uno de los menos destacables en mis 33 y medio.

Quienes busquen información sobre películas, juegos o series, entonces, tienen a Fichi, tienen a Leo y tienen al mejor equipo de cronistas y redactores a su disposición. Si simplemente quieren echar un vistazo a diez trivialidades que a nadie deberían interesar más que a quien escribe, son bienvenidos a pasar.

  • 10
    Pabellón y después
    Suelo elegir el sur del país para pasar mis vacaciones veraniegas, en parte porque rehuyo de los climas excesivamente cálidos y en parte porque soy un animal de costumbres. De todos modos, cada nueva expedición tiene como finalidad conocer nuevos lugares, dejarme sorprender por esos paisajes que verdaderamente quitan el aliento. En febrero de este año, aburrido de ver siempre las mismas caras, decidí cruzar hacia Chile, sin demasiada planificación previa. Tras seis horas en colectivo, llegué a Puerto Montt, una ciudad que es… bueno, un puerto. A los pocos minutos ya había comenzado a extrañar a mi país, pero no permití que la nostalgia me detenga. Los días siguientes conocí Puerto Varas, Frutillar y el maravilloso Pucón, lugares que justificaron sobradamente la excursión al país vecino. Lo más llamativo de todo esto, no obstante, es que al momento de evocar aquel viaje, es Puerto Montt el primer lugar que acude a mi mente. Recuerdo a la anciana que compartió conmigo su casa, a los perros que vagaban por sus calles, la tristeza que rodeaba su centro, esa primera noche que tanto me costó dormir. Objetivamente, no hay ningún motivo por el cual debiera regresar a Puerto Montt, y sin embargo…
  • 9
    Melodía de Arrabal
    Después de años de dudas y temores, el 2016 finalmente me encontró entregándome por completo a la más porteña de las danzas. Haciendo frente a mis notorias dificultades motrices y a mis circunstanciales trabas emocionales, he conseguido, al menos, comenzar a moverme siguiendo los vaivenes de la música que más me representa. No es necesario ser un observador demasiado atento para advertir que carezco de talento y elegancia pero, afortunadamente, también carezco de vergüenza.
  • 8
    Los Momentos del Momento
    Este último año, mi colaboración con Malditos Nerds estuvo signada principalmente por mis participaciones en Momento Compumundo, una simpática ficción infomercial que ha sido, a su vez, una más que interesante primera aproximación a lo que es un proceso de rodaje. Lejos de destacar los juegos que dieron vida a sus casi 50 episodios, prefiero quedarme con todas esas pequeñas situaciones que pude vivir gracias a ellos. Una jornada de grabación en el Jardín Japonés en una ciudad sitiada debido a la visita de Obama, una excursión a las salas de escape de Juegos Mentales con motivo del capítulo de Halloween y hasta la animación de un evento en el marco de la Argentina Game Show, fueron sólo algunos de los Momentos más peculiares de esta experiencia.
  • 7
    Un lugar llamado Brandsen
    A 90 kilómetros de la Ciudad, altiva en medio de anónimas calles de tierra, existe una quinta en la localidad de Brandsen, la cual he visitado en cinco oportunidades a lo largo del año. En verano hace mucho calor, en invierno, mucho frío y, en cumpleaños, mucha ausencia. Aquí no hay wifi, los colchones dejan mucho que desear e incluso debí sobrellevar (con la mayor dignidad posible) la falta de agua corriente un par de veces. Estos detalles, sin embargo, no consiguen opacar el disfrute escapista que representan el Sol, los perros, la abundante comida y, claro, los Amigos, esos amigos capaces de convertir cualquier experiencia menor en un pequeño acto de magia.
  • 6
    Historia Universal de la Histeria / del Desencuentro y Monólogos I
    Uno de mis grandes lamentos es haber adquirido tardíamente el hábito de la lectura, algo que remedié entregándome a él de forma rotunda. Casi en simultáneo, fui encontrando placer en narrar mis propias historias; los resultados, si bien torpes, conseguían satisfacer mis tímidas ambiciones juveniles y, con los años, comencé a sentir algo muy parecido al orgullo ante un pequeño porcentaje de mi producción. Recién en este 2016 fui capaz de tomar el riesgo y comprometerme con eso que tanto disfruto y, tras semanas de eternos titubeos, registré mis primeros materiales. “Historia Universal de la Histeria” es una pieza teatral que, siguiendo sus propias reglas narrativas, explora un suceso reciente; “Historia Universal del Desencuentro”, una secuela, un complemento y un adiós; “Monólogos I”, fue consecuencia de un personaje rebelde que derivó en otros quince, quienes de forma conjunta dieron vida a un todo mucho más grande que la suma de sus partes. Confiemos en que estas primeras insinuaciones sean sólo el comienzo...
  • 5
    Los Puentes
    Hace mucho, mucho tiempo, compré un cuadro alargado que retrata el puente de Brooklyn en bonitas tonalidades grises. Lo colgué en mi living, pues eso es lo que se suele hacer con los cuadros. Jamás me detuve particularmente en él, soy un hombre demasiado práctico como para regalar mi atención a un detalle meramente estético. Sin embargo, a mediados de este año, pude caminar ese mismo Puente que por tanto tiempo adornó mi hogar. Atravesé ese Puente y, acumulativa y sucesivamente, también atravesé otros tantos, en algunas de las ciudades más hermosas del mundo. Recorrí puentes históricos, puentes colgantes y también puentes metafísicos, que son los puentes más peligrosos de todos; pero esa -amigos míos- ya es otra historia.
  • 4
    Mi no encuentro con Woody
    Siempre sostuve que ninguna ciudad podría compararse ni remotamente con mi Buenos Aires. Sin embargo, debo admitir con cierto recelo que Nueva York, como mínimo, está en condiciones de pelear cabeza a cabeza por ese favoritismo que sospechaba absoluto. En los escasos cinco días que pasé en ella, caminé como nunca antes lo había hecho, y descubrí las razones detrás de su bien ganada fama. Más allá de la fascinación por sus luces, el hecho que quiero destacar tiene que ver con la guardia que monté durante alrededor de 50 minutos a escasos metros de la casa de Woody Allen, ubicada a pocos pasos de Central Park. Mientras descansaba tras un paseo extenuante y tomaba uno de los peores capuccinos que recuerde haber probado, esperé pacientemente por la súbita aparición del director que más admiro. Mi objetivo consistía, apenas, en saludarlo, quizás pedirle una foto y, en caso de mediar una breve conversación, ofrecerme como protagonista para su eventual próxima película. Nada de eso finalmente sucedió. Él se lo perdió.
  • 3
    (Otro) Regreso de las Aguafuertes
    El merecido e inesperado Nobel de Literatura obtenido por Bob Dylan hace unas semanas fue razón suficiente para que este humilde usurpador de su seudónimo se decida a regresar a sus Aguafuertes, esos textos semanales que poco y nada tienen que ver con la propuesta de este sitio pero que, por alguna razón, (casi) siempre fueron bien recibidos por los lectores. A diferencia de lo visto en el pasado, esta vez decidí tomar el asunto más personal, yendo a fondo con cada historia y no quedándome en la cómoda orilla. Mientras haya algo para contar, me comprometo a seguir divagando sobre la nada misma en la columna que se ha convertido en un pequeño motivo de placer para este adorable impostor.
  • 2
    Los adioses
    El 4 de julio me encontró parado en medio de una playa, observando atónito la exagerada celebración por un nuevo aniversario de la independencia norteamericana. Unas horas más tarde, me enteraba que Maga, mi perra, había pasado a mejor vida, como consecuencia del accionar de un auto imprudente. Sólo quien haya tenido una mascota sabe exactamente de lo qué estoy hablando. Sin intenciones de ahondar en los pormenores del suceso, comparto las líneas que escribí a miles de kilómetros de distancia, luego de enterarme de la triste noticia. 10 Cosas que aprendí de mi perra 1- La mejor manera de llegar a cualquier lugar es caminando. 2- Ladrá las veces que sea necesario, y mordé sólo como último recurso. 3- Nunca pero nunca dejes de jugar. 4- Si sentís cariño por alguien, demostráselo cada vez que lo veas. 5- No retrocedas ante nadie, ni aunque tenga ocho veces tu tamaño. 6- Si querés algo, agarralo, es tuyo. 7- Cualquier lugar es bueno para dormir. 8- Los zapatos y los sillones tienen más proteínas que la comida balanceada. 9- Una dama que sepa mover elegantemente su anatomía tendrá la vida más fácil. 10- Sé fiel hasta la muerte.
  • 1
    El redescubrimiento
    Siempre me supuse capaz de definirme en unas pocas palabras. Yo, solía repetir de forma mecánica, soy excesivamente autocrítico, metódicamente responsable, incondicionalmente leal y, a veces, un buen muchacho. Sin embargo, el 2016 me encontró cuestionando todas mis valoraciones, y entendiendo que en realidad son las circunstancias las que nos moldean a su antojo. Entendí que es posible reinventarse cada día, cada instante, y que es más digno actuar según nuestros deseos que de acuerdo a lo que se espera de nosotros. Aprendí mucho de mis héroes cotidianos: Gustavo de Rosa, un hombre que procura el bienestar de los animales ante todo, de Gustavo Llusá, un incansable viajero que busca la Verdad, de mi hermano, de mi gato, de mis amigos, e incluso de la gente que se ganó mi desprecio. También, finalmente, aprendí mucho de mí mismo, lo suficiente para dejar de autolimitarme con definiciones y aceptarme con mis luces y (principalmente) con mis sombras.

1. Pabellón y después

Suelo elegir el sur del país para pasar mis vacaciones veraniegas, en parte porque rehuyo de los climas excesivamente cálidos y en parte porque soy un animal de costumbres. De todos modos, cada nueva expedición tiene como finalidad conocer nuevos lugares, dejarme sorprender por esos paisajes que verdaderamente quitan el aliento. En febrero de este año, aburrido de ver siempre las mismas caras, decidí cruzar hacia Chile, sin demasiada planificación previa. Tras seis horas en colectivo, llegué a Puerto Montt, una ciudad que es… bueno, un puerto. A los pocos minutos ya había comenzado a extrañar a mi país, pero no permití que la nostalgia me detenga. Los días siguientes conocí Puerto Varas, Frutillar y el maravilloso Pucón, lugares que justificaron sobradamente la excursión al país vecino. Lo más llamativo de todo esto, no obstante, es que al momento de evocar aquel viaje, es Puerto Montt el primer lugar que acude a mi mente. Recuerdo a la anciana que compartió conmigo su casa, a los perros que vagaban por sus calles, la tristeza que rodeaba su centro, esa primera noche que tanto me costó dormir. Objetivamente, no hay ningún motivo por el cual debiera regresar a Puerto Montt, y sin embargo…
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