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Analisis | El monstruo interior

ANÁLISIS: The Last Guardian (PS4)

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Por: Leo Valle

Una década después, Ueda lo vuelve a hacer.

Me tomé mi tiempo para escribir el análisis de The Last Guardian. Hoy hace 20 días que el juego que esperamos una década llegó a PlayStation 4, y a pesar de las ansias por jugarlo, rápidamente entendí que la experiencia de un niño y su ocasional compañero debía ser absorbida lentamente, exprimida al máximo. Al fin y al cabo, tampoco corrí para terminar Ico o Shadow of the Colossus, las otras partes de este enorme universo creado por Fumito Ueda, y no quería que la responsabilidad de analizar el juego atentase contra su disfrute – ventajas de trabajar en un sitio como Malditos Nerds y tener un editor comprensivo, sin dudas.

Creo que la mejor forma de definir The Last Guardian es como un juego fiel al estilo de Team Ico y Ueda. Es una experiencia que prioriza el impacto emocional por sobre la jugabilidad, que cuenta una historia profunda e identificable con una exposición mínima, y que se desarrolla en un universo cuya mitología se va abriendo a nosotros a través de claves visuales y un diseño de niveles exquisito y complejo.

The Last Guardian es fundamentalmente un juego de puzzles. Trico, esa adorable criatura mezcla de pájaro, gato, perro y vaya uno a saber cuánto más, y el niño de extraños tatuajes deben colaborar para escapar del enorme castillo en el que se encuentran cautivos. Mientras que el joven puede manipular mecanismos y recorrer espacios reducidos, nuestro compañero se encarga de eliminar a los guardias que vamos encontrando en el camino y usar su enorme tamaño para alcanzar zonas inaccesibles de otra manera. 

Es una dinámica simple, pero que por el ritmo del juego y sus mecánicas rápidamente genera una conexión entre el jugador y la criatura. Es Trico el verdadero protagonista de esta aventura, gracias a su extraordinario diseño y programación, que le otorgan una personalidad y lo convierten en un verdadero personaje y no una mera herramienta a disposición del jugador o la narrativa. Respetando sus influencias, el estudio creó a un ser vivo que toma decisiones, tiene voluntad propia, y es un placer ver. 

Es maravilloso ser testigos de cómo Trico se relaja cuando se lo acaricia en la cabeza como si de un perro se tratase, pero nos da pelota a voluntad, como un gato. Que se acerque a pedir atención cuando nos quedamos quietos, que juguetee en un charco cercano o que meta la cabeza por un hueco aunque su cuerpo no quepa genera que por momentos sintamos que estamos viendo a una criatura viva y no un personaje virtual – con todo lo bueno y todo lo malo que eso implica. Y digo malo, porque aunque resulta encantador estar gritándole y ver cómo se distrae con alguna cosa, también puede generar cierta frustración en aquellos que quieren mover la historia adelante.

Es esa una de las razones por las cuales decidí tomarme The Last Guardian con tranquilidad. Para incorporar de forma natural esos elementos que afectan la jugabilidad. La personalidad de Trico es una de varias decisiones de diseño del estudio que pueden resultar cuestionables y afectar el disfrute del viaje. Hasta cierto punto, el equipo parece no haber podido superar los problemas que lo aquejan desde su debut en 2001 con Ico en PlayStation 2. La cámara y los controles continúan siendo imprecisos y esta última parte de la trilogía mantiene los problemas de desempeño que eran evidentes en la versión de PlayStation 2 de Shadow of the Colossus: cuando el juego nos lleva a una zona abierta, la caída de frames es notoria – comprensible por la escala de los escenarios, pero notoria.

Todos los problemas, por supuesto, pueden ser reformulados como una victoria en la interpretación de los elementos que componen la aventura. Algunos dirán que el control del protagonista es impreciso y promueve los errores, mientras que otros lo justificará con que representa la personalidad enérgica de un niño de su edad, que sólo se mueve en un exagerado modo sigiloso o con una descontrolada corrida. Lo mismo en el caso de Trico: ¿Es una representación apropiada de una mascota que no cumple órdenes a rajatabla, o es un ser incontrolable que se vuelve más un obstáculo que una herramienta? La cámara que funde constantemente a negro para evitar meterse en la geometría también es desesperante, y es normal tardar varios segundos en bajar de Trico porque no podemos ubicar al protagonista entre todo el plumaje de la criatura; sin embargo, no faltará quien asegure que es parte del legado del estudio (el control de cámara de Ico y Shadow of the Colossus eran un desastre).

Es claro que quienes jueguen y evalúen The Last Guardian intentando desmenuzar la experiencia en los conceptos clásicos de “gráficos, jugabilidad, diversión”, se encontrarán con un juego que, sin ser impenetrable, pide un cierto compromiso y concesión de parte del usuario. Por otro lado, los que hayan disfrutado de los anteriores proyectos del estudio, con todos sus errores, se sentirán satisfechos con este maravilloso viaje que, aún habiéndolo jugado lentamente, se siente corto. 

Queda en cada uno tomar en cuenta cuánto de la expectativa y el amor por los juegos de Ueda permean en este texto. Shadow of the Colossus, he dicho en varias ocasiones, es para mí uno de los mejores juegos de la historia, y The Last Guardian continúa con la tradición de Team Ico (ahora genDesign). El diseño del castillo es magnífico, complejo y conectado orgánicamente de una forma que en un principio parece imposible. Hay una enorme diferencia entre un espacio vacío y uno abandonado, y el estudio consigue con una exquisitez técnica, texturas detalladas y una iluminación magnífica, transmitir una sensación única de desolación. Trico, por su parte, es una belleza, tanto en lo visual como en su personalidad, plagado de pequeños guiños y expresividad. La historia, enigmática y emotiva, genera una conexión inmediata con los protagonistas y su viaje, y va a hacer lagrimear a más de uno (entre los que me incluyo). 

El juego tiene fallas, destacadas más arriba. Pero la experiencia hace que sean superables. El valor de The Last Guardian va un poco más allá de su lanzamiento. Era la ballena blanca de Sony y pudo superar las expectativas y una década de cancelaciones y reafirmaciones de manera digna. Se podrá disfrutar más o menos, pero es sin dudas una de las experiencias más atractivas de los últimos años. Uno de esos juegos con una esencia claramente independiente envuelto en los valores de producción de un título de alto perfil. 


The Last Guardian es el cierre perfecto para la trilogía de Fumito Ueda. Una historia profunda, personajes queribles y un desenlace memorable se alzan sobre una jugabilidad con problemas de ejecución y un desempeño técnico que en ocasiones supera las capacidades técnicas de la consola. Juéguenlo. Vívanlo. Nada más.