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Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: El Buscador

Volver a la home

Por: Victor Gueller

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Casi tres años atrás (tres años… un escalofrío me recorre la espalda al darme cuenta que ya han pasado tres años) abandoné la plácida silla que por varios meses ocupé a diario en la icónica mesa de Malditos Nerds. Muchas veces sentí que el lugar me quedaba grande, que era un insípido impostor entre los exponentes más destacados de aquel adorable microuniverso, pero eso no me impidió suplir mi desconocimiento con simpáticos juegos de palabras o esporádicos comentarios sagaces. 

El 1 de mayo del 2014, tomando un café en el noble bar situado en la esquina de Lacroze y Conde, decidí, o creí decidir, que ya no quería eso para mí. Me repetía a mí mismo -y también a los demás- que sentía la impostergable necesidad de viajar, de conocer otras realidades, de abandonar mi aburguesada rutina. Todo eso, entendí después, no fue más que el autoengaño que quirúrgicamente maquiné para no aceptar que mi relación de pareja caía en picada.

A fines de ese mismo mes, mis más de 100 kilos y yo nos encontrábamos subiendo a la cima de un pequeño cerro cordobés, creyendo que estábamos perpetrando una hazaña heroica, cuando en realidad habían transcurrido apenas treinta minutos. Ahí, en lo más alto, había una cruz, y junto a ella fumé un par de cigarrillos mientras intentaba recuperar el aire. Al bajar, comprobé que nada había cambiado.

Unos días después, recuerdo, supuse que no me quedaba nada por descubrir y regresé a la ciudad cuyo nombre siempre evoco. Al poco tiempo volví a partir y volví a regresar. Finalmente, me separé de quien fuera mi novia.

Ese verano me deshice metódica y estereotípicamente del exceso físico que inolvidables pizzas y multitudinarios asados habían forjado para mí. Una nueva vida estaba comenzando, trayendo consigo una necesaria oportunidad para la reinvención e infinitas posibilidades a futuro. Yo podía ser quien quisiera ser, pese a no contar con todas las herramientas para serlo. Quise ser Dylan, Luca, Springsteen, Chespirito y Kerouac en un solo cuerpo, pero fracasé rotundamente al comprobar que yo podía ser cualquier otro pero jamás dejaría de ser yo; la esencia, al parecer, no es algo negociable.

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Motivado por mi entumecido espíritu viajero, fui interiorizándome en los pormenores de un mundo que ignoraba, mientras me creía ingenuamente un aventurero tan sólo por escaparme con cierta regularidad de la monotonía porteña. De este modo, el azar me puso en contacto con Al Kleiman y Gustavo Llusá, dos verdaderos Buscadores. El primero de ellos tenía la costumbre de narrar sus viajes con una prosa divertida, llevadera y, fundamentalmente, cargada de experiencia. El 12 de junio del corriente me saludó por mi cumpleaños, y unas semanas más tarde emprendió el único viaje que no tiene retorno. Me hubiese gustado conocerlo en persona, lamenté su partida más que otras bastante más cercanas.

Gustavo, por su parte, es un precoz poeta, un caminante incansable, un hombre que en su juventud imaginó el término Veritvania para enterarse, décadas más tarde, que su traducción era nada menos que Lugar de la Verdad o, como uno de sus amigos lo definió, “ese extraño país donde los sueños confluyen”. Le dije a Gustavo que quería escribir sobre sus vivencias pero, siendo totalmente sincero, lo único que quería era escuchar lo que él tuviera para decir.

Nos encontramos un martes en la estación de Constitución y, desde allí, nos entregamos a una metafísica exploración que nos traería de regreso a Caballito. Al comienzo, indagué en aquellas cuestiones elementales que pueden suscitarse entre dos personas que no se conocen. Luego, simplemente lo dejé hablar.

Su infancia estuvo signada, como casi todas, por la curiosidad. Su mérito, no obstante, es no haber permitido que el tiempo atentase contra esos primeros deseos, quizás los más auténticos que podemos tener.

Fiel a sí mismo, Gustavo entabló incontables odiseas, despojándose de los prejuicios y siendo uno con las circunstancias y con lo imprevisible. Años atrás, por citar una de sus aventuras, recorrió la distancia que separa Buenos Aires de México prácticamente sin dinero, sólo por amor, que al fin y al cabo es lo único que verdaderamente importa, ¿cuántos de nosotros hubiéramos hecho algo así?

A comienzos de esta década, este intrépido viajero decidió enfrentar el vacío de la única forma en que podía hacerlo, desafiándolo a una carrera alrededor del mundo en busca de la Verdad. Fue entonces cuando recordó esa palabra que creía olvidada, fue, también, el momento en que decidió consagrar un tercio de sus días a viajar. A través de un algoritmo aleatorio, determinó que Veritvania estaría ubicada cerca de Siberia y, desde ese instante, se dedicó a acercarse a ella, no con el fin de llegar, sino simplemente disfrutando del trayecto y aprendiendo de quienes cruzase a su paso.

En febrero, se lanzará a la tercera y quizás última etapa de esta maravillosa gesta, que lo llevará a visitar prácticamente la totalidad del continente africano, lugar que él ya conoce demasiado bien.

Conseguí empatizar con Gustavo desde el primer momento, al punto de que nuestra conversación muchas veces me hizo pensar que él podría ser una versión mía proveniente de un futuro no tan lejano, aunque con una diferencia no menor: donde él tiene valor e iniciativa, yo suelo encontrar dudas y temores.

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Con alarmante frecuencia, siento que, como Brian Wilson, yo simplemente no fui concebido para estos tiempos. Contemplamos horrorizados las posibilidades de ese porvenir probable que nos muestra Black Mirror, pero elegimos ignorar lo que efectivamente nos rodea: un presente no tan distinto, pero sí tan frío, tan alienado, tan superficial.

Nos escondemos en el futuro despreciando el ahora, nos justificamos en una y mil excusas diferentes para no emprender lo que verdaderamente deseamos, nos preocupamos más por la sonrisa que luciremos en una foto que por el disfrute cotidiano. A veces, en medio de esa enorme confusión que es la vida, encontramos un oasis y, con la misma facilidad, lo convertimos en un espejismo, en una ilusión. El ego, más el propio que el ajeno, es el único enemigo a vencer.

Al Kleiman tuvo que morir para que yo finalmente entienda que el mañana no existe. Y, para honrar su memoria, elijo resumir estos párrafos de torpe ejecución en una única pregunta: ¿Cuánto más estamos dispuestos a esperar?