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Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: Hora de Aventura

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Por: Victor Gueller

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El único parámetro válido para medir el alcance de una aventura es nuestra propia experiencia. Hoy, después de haber vivido unas cuantas, entiendo que ninguna podrá compararse jamás con aquellas que acontecieron durante la etapa de los descubrimientos, etapa en la que todo es nuevo, en la que aún conservamos la capacidad de sorprendernos.

El carácter aventurero de mi infancia estuvo signado por los viejos vagones de la línea A de subtes. Mi tía solía llevarme a su oficina, ubicada en plena calle Florida, mientras intentaba explicarme cómo funcionaba el mundo adulto, ese mismo que probablemente nunca conseguiré comprender del todo. El viaje en subte, desde mis inexpertos ojos, era una verdadera aventura, una aventura que, para suceder, apenas requería de un arcaico cospel plateado.

Metódicamente, fui memorizando todas las estaciones que conformaban su por entonces limitado recorrido, superando incluso la trampa que suponen Pasco y Alberti. Me gustaba el ruido del tren sobre las vías, sus ventanas siempre abiertas, la forma en que las luces parpadeaban segundos antes de llegar a destino. También, recuerdo, escuchaba con atención a los vendedores ambulantes, sospechando íntimamente que los objetos que ofrecían quizás no eran tan indispensables como ellos me querían hacer creer.

Las pocas cosas que aprendí de mis mayores las aprendí de mi tía, quien con suma paciencia respondía los lógicos cuestionamientos de un niño. Ella me convirtió en un gran jugador de truco, me dio a probar mi primera copa de vino y me recomendó encarecidamente que no fumara, que no siguiera ese único mal ejemplo, algo en lo que tristemente fallé.

Con el correr de los años fui adquiriendo mi propia visión de la realidad, la cual distaba enormemente de aquella en la que por tanto tiempo creí. Antes de cumplir una década de vida, repetía que quería ser presidente o vivir en el extranjero, o ambas alternativas juntas de ser eso posible; hoy, en cambio, preferiría que no existieran ni los políticos ni las fronteras.

Para mi cumpleaños número 19 me regalé a mí mismo el primer disco de The Velvet Underground, y escucharlo fue una aventura iniciática. Recorrer los 400 kilómetros que separan Buenos Aires de Mar del Plata entrando en cada pequeño pueblo fue una aventura. Aprobar exámenes sin haber estudiado era un desafío dialéctico y, también, una aventura modesta. Jugar al fútbol conociendo mis notorias limitaciones motrices, cantar en la peor banda de la historia del rock adolescente, convertirme en un maestro de la estadística del blackjack, escribir un libro que fue todos los libros; todo, absolutamente todo, puede ser una aventura, si así lo disponemos.

A medida que crecemos, el instinto es reemplazado por el orden, la espontaneidad por la corrección, el deseo por la conveniencia. Nos autolimitamos porque nos dicen que eso es lo que hay que hacer; nos lo dicen una y mil veces, nos lo dicen tanto, que al final terminamos por aceptarlo. Lo que mucha gente vulgarmente llama locura tal vez sólo sea una resistencia efímera ante las imposiciones cotidianas. Elegir no adaptarse, valga la paradoja, quizás sea la muestra de madurez definitiva. Y, también, la excusa perfecta para seguir aventurándonos como si fuera siempre la primera vez.