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Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: Oda inconclusa al Rechazo

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Por: Victor Gueller

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Recordaré el 2016 como el año en el que hice el viaje más trascendente y movilizador de mi vida, el año en que de alguna forma me acepté como escribidor, el año en que murió mi perra, el año en que alteré para siempre el orden de mis prioridades, el año de los balances no positivos. Recordaré el 2016 de muchas maneras, pero lo recordaré -primeramente- como el año de los rechazos.

Ya la palabra rechazo provoca un rechazo incómodo, supongo que todos en mayor o menor medida la conocemos más de lo que desearíamos, todos hemos estado allí alguna vez.

Escarbando en un pasado distante, recuerdo haber sido rechazado por varias oficinas de Recursos Humanos, lo que lejos de generarme una molestia, me produce un culposo placer: parafraseando a Groucho, no quisiera trabajar en un lugar que acepta a alguien como yo.

Evoco, con sincera nostalgia, que al momento de conformar un equipo de fútbol, solía estar entre los últimos en ser elegidos; en retrospectiva, nada tengo para objetar, si la decisión hubiese dependido de mí, también me habría decantado por alguien capaz de diferenciar una pelota de un melón.

El rechazo, usualmente, está supeditado a las circunstancias, sería un error tomarlo como algo estrictamente personal. Viéndolo desde otro ángulo, incluso, hasta podemos llegar a suponer que el equivocado es en realidad quien nos desprecia, nuestros aceitados mecanismos de defensa funcionan de maneras contundentes y misteriosas.

Yo rechacé y también fui rechazado, sobre todo a lo largo de estos últimos doce meses. Entre tanta neblina, sin embargo, siempre es posible encontrar pequeños destellos de luz. Hay un bar en el que soy recibido con una sonrisa, un libro que siempre me llama, un gato tan gordo como incondicional.

El destino, sabemos, es afecto a la ironía y también es un hábil, sutil manipulador. Con quirúrgica precisión, este año debí enfrentarme a una sucesión de esos rechazos que nos dejan sin excusas, esos rechazos que únicamente pueden provenir de la boca de una mujer.

El dueño de todas las letras dijo una vez que el olvido es el único perdón, y yo me tomo el atrevimiento de agregar que es también la única salida y la única reivindicación auténtica. Más sensato que hacernos uno con el rechazo es simplemente verlo pasar, como la pluma de Forrest Gump en el viento, como esa pelota que, caprichosa, optó por no entrar al arco. Yo soy más, soy mucho más, que la suma de todas las veces que fui rechazado. Todos lo somos.

Un no verdadero esconde más méritos que un sí a medias. Un rechazo sentido es más digno que una aprobación hipócrita. Yo, sigo sosteniendo, siempre estaré del lado de los perdedores, de los marginales, confiando más en su valiente resignación que en la falsa hidalguía que otorga el éxito.

El rechazo tiene, y esto también es cierto, un lado por demás dulce. Sin él, los triunfos no tendrían ningún valor. Agradezcamos, entonces, estos rechazos, reconociendo que apenas son la antesala de todas aquellas posibilidades que nos están esperando, sin dejar de creer ni por un segundo que lo que no fue sólo se está escudando detrás de lo que vendrá, ni más ni menos.