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Analisis | These violent delights have violent ends

ANÁLISIS: Westworld S01E10: The Bicameral Mind (Spoilers)

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Por: Jessica Blady

Tags: hboWestworld
Se acabó la primera temporada de Westworld en medio de mucha violencia, despertares y liberación.

“Los cuentos son mentiras que narran historias más profundas”. “Westworld” se convirtió en un hermoso cuentito que, entre violentos escenarios del Lejano Oeste y robots inteligentes, reflexiona sobre la propia naturaleza del ser humano. El ser humano mortal y finito, el ser humano destructivo y el ser humano creador de muchas cosas que perduran y trascienden a través del tiempo.

El thriller de ciencia ficción pergeñado por Jonathan Nolan y Lisa Joy plantea un montón de situaciones, interrogantes y misterios y, a diferencia de muchos otros shows, terminó su primera entrega sin necesidad de dejar grandes cabos sueltos. Claro, hay algunas puertitas abiertas porque hay deseos de temporadas futuras, pero no hay necesidad de cliffhangers, ni preguntas sin respuestas, para satisfacer las necesidades del público y mantenerlos lo suficientemente enganchados hasta su regreso en 2018.

La primera temporada de “Westworld” es, como la travesía de Dolores (Evan Rachel Wood), un laberinto y acá es imposible dejar de lado las similitudes con películas relacionadas con Nolan como “Memento, Recuerdos de un Crimen” (Memento, 2000) y “El Origen” (Inception, 2010). Todo se va cerrando sobre sí mismo y cobrando sentido, sin importar que algunos caminos nos resulten similares o repetidos, y oros tantos, callejones sin salida.  

Nunca fue la intención de los realizadores colocarnos en la piel (y el punto de vista) de los personajes humanos -el laberinto no está diseñado para ellos-, sino en el lugar de los anfitriones que deben andar un largo camino para encontrar su centro. Claro que no somos robots y, a pesar de la empatía por el sufrimiento de estas criaturas, no hacemos más que vernos reflejados a nosotros mismos y nuestras miserias cotidianas.

“Westworld” no nos tira la metafísica a la cara, la disfraza con una trama violenta cargada de drama, acción y ciencia ficción. Una historia de héroes y villanos, donde los malos no son tan malos y los buenos pueden equivocar el rumbo. Todos tienen su propósito, sus metas y justificaciones. Podemos juzgarlos, pero no podemos culparlos ya que, al fin y al cabo, es parte de su naturaleza.

“Westworld” nunca se dejó llevar por los grandes interrogantes. Las teorías y las hipótesis le corresponden al público, ansioso por buscarle la quinta pata al gato. Las “revelaciones” llegaron cuando tenían que llegar, a veces más sutiles y otras tantas como un balde de agua fría, aunque, en última instancia, nunca estuvieron orientadas directamente hacia nosotros como espectadores pasivos que miran desde afuera, sino hacia los anfitriones con los cuales nos comprometimos (¿identificamos?) desde el primer momento. Así como la peculiar narrativa de “Memento” nos obliga a percibir las cosas de la misma manera fragmentada y repetitiva que Leonard Shelby, “Westworld” nos lleva de paseo por el laberinto que Arnold y Ford, en última instancia, crearon para liberar a Dolores.       

Con su nueva (y última) narrativa, Robert Ford (Anthony Hopkins) piensa matar varios pájaros de un tiro (qué mala elección de palabras): concluir el gran trabajo de su vida, cumplir sus sueños –contar grandes historias- y, de paso, los de Arnold, su socio y amigo. El cofundador del parque logró una conexión especial con los anfitriones. Su meta era que los robots adquirieran consciencia y, en última instancia, la libertad, en vez de ser objetos manipulados por Delos al servicio de los caprichos de los futuros visitantes. Cuando este deseo se frustró tomó medidas extremas para evitar el sufrimiento de sus criaturas, creyendo que su muerte y la aniquilación de los androides frenarían la apertura de Westworld.

Así como el ser humano es un animalito destinado a cometer errores y tropezar con la misma piedra, los anfitriones de Robert y Arnold debían transitar un camino de aprendizaje plagado de repeticiones y recuerdos dolorosos (aunque estos fueran una mentira) para alcanzar la verdadera consciencia. Los “ensueños” –explicados hasta el hartazgo a lo largo de la serie- resultaron ser la clave que, al final, les permite ‘despertar’ y reconocerse a sí mismos como tales. El “pienso, luego existo” se aplica perfectamente a estas inteligencias artificiales, ahora, los nuevos dioses autodeclarados de este mundo.

Podemos pasarnos horas y horas buscando analogías y metáforas. Las hay a montones y son todas interesantes, pero en definitiva, “Westworld” es una ficción sobre robots en un parque temático para adultos ricachones, ¿no?

Decir que se reveló el misterio sobre el Hombre de Negro (Ed Harris) es un eufemismo. Desde hace varios episodios los realizadores nos vienen acercando a la respuesta, pero faltaban sus verdaderas razones. Como última instancia, William (Jimmi Simpson) decide jugar un juego diferente para encontrar un poco de redención, entre otras cosas. En su primer viaje no sólo conoció a Dolores, sino que descubrió la verdadera esencia del parque: mostrarle al visitante quien es realmente. William nunca fue el héroe de esta historia, era ese hombre ambicioso esperando el momento justo para dar el batacazo. Su admiración y cariño por Dolores no eran falsos, aunque tampoco la desilusión de descubrir que Westworld no podía proporcionarle (al menos por aquel entonces) todo lo que andaba buscando.

Tardó 35 años en atestiguar aquello en lo que invirtió tanto tiempo, dinero y hasta el bienestar de su familia. Esperamos que el resultado haya sido satisfactorio, al menos, se notaba contento en esa última escena.

La nueva narrativa de Ford se nos presenta de forma exquisita y un tanto shakesperiana. Todo tiene un olorcito a tragedia griega (donde, al final, los protagonistas deben pagar por sus excesos), y a promesa de un nuevo comienzo en este mundo que ya no le pertenece a los dioses humanos. A Dolores no le interesa lo que hay más allá; está convencida de la belleza de este, su mundo, que fue contaminado por los visitantes venidos del exterior escapando de su propia y agobiante realidad.

Hay un motivo por el cual Maeve (Thandie Newton) decide despertar y despegarse de su planeadísima narrativa justo cuando está por abandonar el parque. Lo que realmente le interesa (su “hija”) todavía se encuentra en ese lugar que tanto conoce y desconoce, y sus recuerdos -ese primer paso a la consciencia- la arrastran fuera del tren y hacia un futuro que ya no está programado.

Duele y molesta un poco que toda su huida haya sido producto de un guión bien elaborado (el de Ford, no el de Nolan y Joy), pero es todo parte de un plan mayor y, al final se lo perdona. Además, nos hubiéramos privado de este violentísimo escape, cortesía de Hector Escaton (Rodrigo Santoro) y Armistice (Ingrid Bolsø Berdal).

Lo de Felix (Leonardo Nam) puede resultar un tanto inverosímil y disonante, pero pensemos, por un momento, en esa escena con el pajarito y su anhelo/necesidad de “dar vida” más allá de sólo reparar los daños de los androides. Este “carnicero”, posiblemente, ambiciona con mucho más, pero a los ojos de la serie es uno de los pocos seres de carne y hueso que se preocupa por los anfitriones. Hay miedo y coerción en su relación con Maeve, pero también hay admiración por esta criatura que está tomando vida propia. Como bien dice la madama: “sos terrible como ser humano”, todo un cumplido según su punto de vista, donde sólo conoce el dolor y el sufrimiento que le causaron los de su especie.

Este es uno de los tantos detalles que nos dejó el correctísimo final de temporada de “Westworld”, un capítulo que cerró todas las tramas que tenía que cerrar y dejó abiertas las necesarias para el futuro. Hay varias preguntas por responder, pero ya no son las principales, y algunas inconsistencias (seguro) porque, en definitiva, este es un show realizado por humanos… y sus fallas.

“Westworld” tiene la clarísima impronta de Jonathan Nolan y compañía: una minuciosa atención a los detalles, el hiperrealismo, cierta sobre explicación cuando la trama se pone complicada, aunque nunca intenta subestimar al espectador. Un elenco inmejorable, una puesta en escena que no abusa del CGI y el despilfarro de la belleza de los paisajes de Utah. Acá no hay trucos baratos, sino una ajustada narrativa que va cerrándose en círculos hasta encontrar el centro y su verdadera esencia.  

CALIFICACIÓN: 10/10