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Analisis | ¡Oye, Arnold!

ANÁLISIS: Westworld S01E09: The Well-Tempered Clavier (Spoilers)

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Por: Jessica Blady

Tags: hboWestworld
El "nueve" es el número de la suerte cuando se trata de episodios en HBO. Miren, si no.

Al fin y al cabo, parece que “Westworld” sí tiene algo en común con “Game of Thrones”. Es tradición que la serie basada en la saga literaria de George R.R. Martin rompa todo en su noveno episodio, temporada a temporada, y la creación de Jonathan Molan y Lisa Joy quiere seguir por ese camino.

Claro que las diferencias siguen siendo abismales. Acá no hay batallas épicas, ni decapitaciones públicas (al menos, por ahora); tampoco hay un golpe de efecto sensacionalista. Lo que si nos trajo “The Well-Tempered Clavier” fueron muchas revelaciones y confirmaciones, de forma tan sutil y tan bien elaboradas (desde lo visual y lo narrativo) que terminaron pegando más fuerte que la “Boda Roja”.

Tanta prolijidad hay que atribuírsela a la siempre genial Michelle MacLaren, directora de algunos de los mejores episodios de “GoT”, “Breaking Bad” y “Better Call Saul”, sólo para nombrar algunos, y a los guionistas Dan Dietz y Kath Lingenfelter, que supieron encausar el descarrilamiento del capítulo anterior.

La primera temporada de “Westworld” todavía está llena de incógnitas, pero de a poco nos vamos acercando a la verdad, al igual que el Hombre de Negro (Ed Harris) se va acercando a su objetivo. Tomando sus propias palabras: “El laberinto está completando el círculo”, de la misma forma que el final de esta historia nos va llevando al principio.

Las diferentes líneas temporales se hicieron más evidentes que nunca, aunque todavía nos faltan algunas piezas para completar este detallado y complicado rompecabezas. Así como los anfitriones están destinados/obligados a repetir sus narrativas, una y otra vez en un loop infinito, nosotros, como espectadores, tenemos que volver a repasar cada una de estas instancias porque en esta espirar vertiginosa se esconden las claves del pasado que, seguramente, están  apunto de alterar el futuro inmediato.

A lo largo de sesenta minutos, los realizadores nos mostraron la incepción (nunca mejor dicho, je) de una de estas Inteligencias Artificiales. Completita, desde que despertó por primera vez al mundo, cargada de una historia de origen tan trágica como ficticia.    

Claro que hablamos del pobre Bernard (Jeffrey Wright), uno de los robots más inteligentes, tanto así que ayudó a crear a otros de su clase, de la forma en que los humanos no pudieron. Más allá de su último borrón y cuenta nueva, el técnico no puede escapar de sus recuerdos, ni de la constante revelación de que no es un ser de carne y hueso. Esta vez, el “despertar” le llega de parte de Maeve (Thandie Newton) que, tras asesinar a la nueva Clementine y sentir algún tipo de dolor y remordimiento, decide castigar a los “dioses” (sus creadores), pero no piensa obligar a sus aliados, sino convencerlos para sumarse a su causa. A pesar de que la madama ahora tiene la habilidad de controlar a otros anfitriones, claramente quiere diferenciarse de las personas y apelar un poco al libre albedrío de sus congéneres.

Como bien dice la chica, “somos más fuertes e inteligentes”, pero en la vereda de enfrente tenemos a los verdaderos depredadores: los seres humanos. Desde el primer episodio nos están marcando estas diferencias y, por algún motivo, nos empujaron a tomar partido por las máquinas. ¿La razón? Tal vez, para darnos cuenta de la naturaleza real de la raza humana, y no sólo su comportamiento ante estas criaturas, sino con todo lo que nos rodea.

“Westworld” utiliza los elementos del thriller, el western y la ciencia ficción para reflexionar sobre estos temas. En “The Well-Tempered Clavier” también se hicieron clarísimas las connotaciones y simbolismos religiosos, que si bien siempre estuvieron presentes en la serie, acá tomaron un mayor protagonismo, aunque curiosamente, partiendo de la visión de los androides. Los humanos creadores como “dioses” que todo lo pueden y lo controlan como si se tratara de un juego macabro. El mundo real como analogía del Infierno, un lugar más allá de la ficción del parque donde los robots reviven sus momentos más traumáticos como si se fueran “pesadillas”.

La meta fundamental de Arnold era transformar a los anfitriones en seres conscientes. El proceso (rudimentario) consistía en que las máquinas podían oír su propia programación como si tratara de un monólogo interno que, a la larga, impulsaría la consciencia propia. Obviamente hubo fallas, ya que los anfitriones no podían asimilar su verdadera identidad. Confundidos, salieron a buscar respuestas: algunos parecen haberse refugiado en la “religión” (¡qué escenita!) y otros, como Dolores o Teddy, tomaron un camino más violento.        

¿Esto fue lo que pasó realmente hace más de treinta años? Ahora sabemos que los recuerdos de Teddy (James Marsden) fueron manipulados y nada tienen que ver con la guerra o el sublevamiento del tal Wyatt. Este robot, heroico por naturaleza, tuvo sus días oscuros y si queremos conjeturar, podemos afirmar que al igual que Dolores (Evan Rachel Wood), terminó masacrando a todos los de su especie en la llamada “ciudad tragada por la arena”.

Este pequeño escenario, ligado a los primeros años del parque y los anfitriones más rudimentarios, parece ser el final del camino para el Hombre de Negro, para Dolores y hasta para Ford (Anthony Hopkins), que decidió desenterrar la ciudad para crear su nueva y misteriosa narrativa.

El pueblo, junto con las viejas instalaciones científicas, es el punto de partida y de llegada (¿el centro del laberinto?) para Dolores, un proceso cíclico que recorrió varias veces guiada por Arnold con la intención de hacerla feliz. Suponemos que “hacerla feliz” implica despertar su consciencia, pero ella sólo encontró dolor y terror a lo largo del camino. Las diferentes líneas temporales, por fin, se acomodan. Aunque no sabemos todavía qué pasó con William (Jimmi Simpson) en el pasado y por qué puede vagar a sus anchas por el parque en el presente.

A diferencia de Maeve (que descubrió la mentira y quiere salir), Dolores cree en la belleza de este mundo creado por Arnold. Para ella, los visitantes son los culpables de arruinarlo todo, sin entender (o sin importarle) que Westworld fue construido para la diversión de los humanos y no para el bienestar de los anfitriones. En estas dos protagonistas se enfrentan los puntos de vista de Arnold y Ford, uno preocupado por sus criaturas y el otro por contar sus narrativas. Dolores está convencida que el mundo real no es un lugar tan maravilloso, si los huéspedes deben venir al parque para vivir sus fantasías y, en última instancia, sacar a la luz quienes son realmente.

Si el Hombre de Negro resulta ser William (o Logan –Ben Barnes-), en este pasado están las claves de su comportamiento presente. Tal vez busca un poco de redención, o de venganza por lo que terminó revelándole el parque, o tal vez transitar el camino inverso y recuperar su humanidad.

A diferencia de William, Logan sólo quiere evadirse y perderse en el juego. A simple vista, puede resultar el más violento de los dos (ahora ya sabemos que no), pero también es el más racional cuando se trata de Westworld. En el fondo, hay un interés genuino por ayudar a su amigo a escapar de la fantasía en la que se sumergió junto a Dolores, y a recuperar el sentido de la realidad, del mundo exterior donde lo espera su prometida de carne y hueso. Podemos entender la empatía y el “enamoramiento” de William hacia este anfitrión tan diferente con deseos y pensamientos propios, pero Logan tiene un buen punto y acá como que logra convencernos.

El final de temporada de “Westworld” traerá respuestas sobre este tema y muchos más; mejor dicho, terminará de unir todas esas piezas que ya nos fueron dejando por el camino. La serie no puede escapar de cierta sobre explicación, pero la sutileza sigue siendo su mayor encanto.

“Si vas a buscar la verdad, que sea completa. A medias es peor que nada”, le recomienda Maeve a Bernard tras volver a despertar a su realidad de ser artificial. El técnico se convirtió en el personaje más trágico sin ser uno de los anfitriones del parque que debe sufrir ante los caprichos de los visitantes. Creado a imagen y semejanza de Arnold (y dale con las alegorías religiosas), Bernard puede entender su funcionamiento, pero no tiene el control total sobre su existencia. No importa que sea más inteligente (y sensible) que muchos de los humanos, su mente sigue estando bajo el control y los caprichos de Ford que necesita de este compañero ideal para seguir adelante con sus planes.

Hay un poco de morbo y locura en Ford que, con la creación de Bernard, pretende sustituir a su amigo. Pero las metas de los socios no eran las mismas y ahí es cuando chocan los recuerdos/consciencias/deseos de los anfitriones.   

En definitiva, al menos por ahora, Bernard no puede cumplir la meta “liberadora” que tanto ansiaba Arnold para sus criaturas. Está condenado a repetir los mismos errores (humanos) y a revivir sus momentos más dolorosos, ya que su memoria (su código principal) nace desde el trauma.   

Estamos a un episodio de distancia para cerrar esta primera temporada de “Westworld”. Muchos seguirán esperando que sus teorías y conjeturas se hagan realidad, pero acá no se trata de “encontrar al asesino”, ni el origen del “humo negro”; la idea pasa por vernos reflejados a nosotros mismos (como raza, como sociedad) y descubrir de lo que somos capaces: lo malo y lo bueno.

CALIFICACIÓN: 10/10