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Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: Lágrimas Negras

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Por: Victor Gueller

Tags: Aguafuertes
La melancolía cotidiana cede su lugar a la ficción en una nueva Aguafuerte.

Hace exactamente una semana, el texto que acompaña estas palabras fue interpretado por una adorable actriz que consiguió dar vida a todo aquello que quise plasmar cuando lo escribí. Hoy, entonces, en lugar de apelar a la característica nostalgia de mis Aguafuertes, los dejaré en compañía del que fue -oficialmente- mi primer monólogo teatral.

 

Lágrimas Negras

Yo soy de esas personas que lloran por cualquier cosa. Siempre lloro con los finales de las películas románticas, y también con algunas que no son románticas y ni siquiera me dan motivos para llorar. Lloro escuchando canciones tristes, leyendo novelas, lloro todo el tiempo. Soy así desde chiquita.

Mi mamá me contó que cuando salía del jardín de infantes, lloraba si no me esperaban con un chocolate en la puerta. Hacía un escándalo. Obviamente, siempre terminaba consiguiendo lo que quería. Golosinas, juguetes, todo… debe ser algo normal siendo hija única.

Era caprichosa, lo admito. Y todavía soy un poco así. Generalmente, cuando salgo con mis amigas vamos donde yo digo. Ellas ya saben que si no me hacen caso se exponen a una noche entera de quejas y reproches y, para evitarlo, se resignan sin oponer resistencia.

Al casamiento de mi prima fui hecha una diosa. Mucha gente se enojó porque decían que quería robarme la atención, que no estaba dispuesta a permitir que otra persona sea el centro de las miradas al menos por una noche. ¿Yo tengo la culpa de tener mejor cuerpo que ella? ¿Es mi culpa que los hombres me prefieran a mí? Mientras ella estaba comiendo flanes con crema, yo estaba haciendo pilates. Es cuestión de prioridades, ¿no?

Por supuesto, mi principal objetivo en la fiesta era agarrar el ramo. A esta altura, ninguna mujer lo considera señal de un futuro casamiento, es más una guerra fría entre nosotras, una guerra que todas queremos ganar. Al principio los empujones son más sutiles, pero ni bien la novia suelta las flores, empieza la verdadera acción. Es una lástima que las más altas y las más gordas tengan ventaja, debe ser el único momento en que sus cuerpos les dan un motivo de orgullo. Al final, el ramo cayó en las manos de una tía del novio. Perdón por ser tan sincera, pero si esa tipa se casa, me hago monja. Yo me partí una uña cuando salté para intentar agarrarlo, pero la vieja perdió un ojo… no, no fue para tanto, fue una herida superficial nada más, y fue sin querer, obvio.

Cuando ya nadie se esforzaba por disimular que les molestaba mi presencia, me pedí un taxi y me fui, no sin antes felicitar a mi prima por haberse casado después de tantos años siendo la más rapidita de la familia. Al marido no le gustó mucho mi comentario, pero no me puedo hacer cargo de los problemas de todos. Ya suficiente tengo con mi vida. El taxista se tuvo que bancar que llore todo el viaje entre Ituzaingó y Palermo, no me gustó como me trataron en la fiesta.

Con los hombres también soy así. Recuerdo la tarde en que mi primer novio me dijo que me notaba más cachetona. Empecé a llorar en el medio del colectivo. Todos me miraban con compasión y lo miraban a él pensando que me había hecho algo. Se puso todo rojo, no sabía cómo calmarme. Estuvo un mes pidiéndome perdón. Me decía que era la chica más linda del mundo, me llevó flores a mi casa, me invitó a cenar varias veces…

Esa dinámica se fue repitiendo en todas mis relaciones. Pero yo no lo hago a propósito, de verdad, lo juro. Lo hablé en terapia mucho tiempo. Quizás sea un tema de inmadurez, tal vez necesito que todos estén pendientes de mí. Y, sí, me gusta ser el centro de atención, supongo que a todas las mujeres les pasa algo parecido.

Durante un tiempo, tuve una especie de vínculo romántico con un profesor de la facu. Yo me daba cuenta que siempre me miraba como embobado, y la verdad es que él no era tan feo. Los intelectuales también tienen su encanto. Me pidió que mantengamos lo nuestro en secreto, porque si no podría tener problemas con las autoridades. Lo entendí, aunque no me resultaba cómoda la situación, yo no tenía nada que ocultar. A mí me gusta que me inviten a un restaurante, que me lleven al teatro, de viaje… pero nunca podíamos encontrarnos en lugares públicos ni hacer las cosas que hacen las parejas normales. Era sólo sexo, y ni siquiera el sexo era bueno.

En el examen final me puso un 8, porque -según él- un 10 hubiera sido muy sospechoso. Ni bien terminé de cursar su materia, me dijo que no quería que siguiéramos viéndonos, porque se había dado cuenta que todavía amaba a su esposa. No lo podía creer… ¿esposa?, él jamás me había dicho que era un hombre casado. Ese día conseguí el teléfono de su casa y llamé dispuesta a contarle todo a su mujer. Había estado llorando toda la tarde, y quizás exageré un poco cuando le dije que estuve embarazada de mellizos y que él me había obligado a abortar. Pero bueno, fue la emoción del momento. Unas semanas después, el profe me buscó de nuevo, jurándome que ahora sí se había separado. Pero así no es la cosa, yo no soy la segunda opción de nadie.

Con los años fui aprendiendo a controlar esos impulsos. Sin ir más lejos, hace unas semanas me enteré que el chico con el que estaba saliendo me había sido infiel. Esa vez, en lugar de esconderme a llorar en los rincones, decidí hablarlo con él. Ya no soy una nena.

Lo cité el miércoles en mi departamento y, con todo el dolor del mundo, le dije que ya sabía la verdad. En ningún momento le grité, creo que ni siquiera llegué a insultarlo. Al contrario, le preparé milanesas de pollo rellenas, su comida favorita, y me puse mi mejor vestido. Si esa noche iba a ser nuestra despedida, quería que vea lo que se perdió, que se sienta culpable por haberme engañado.

Él no puso ninguna excusa. Admitió la situación, me contó quién era esa otra mujer, dónde la había conocido y por qué hizo lo que hizo. También me pidió perdón, pero no se lo acepté. Yo misma estaba sorprendida con mi tranquilidad, no me reconocía. Mi psicóloga hubiera estado orgullosa.

Unos minutos después del brindis, me dijo que se quería ir, que se sentía mal. Más allá de lo que hizo, yo lo seguía queriendo, pasé más de un año con él. Le ofrecí que se recueste en la cama, porque no me parecía lo mejor que maneje en ese estado. Le acerqué un vaso de agua y me senté a su lado, hasta que se durmió como un bebé.

A la mañana siguiente, entre llantos, le dije a la policía que se había suicidado. Creo que me creyeron. Desde chica que lloro por cualquier cosa.