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Analisis | Pura nostalgia

ANÁLISIS: Stranger Things, la joyita ochentosa de Netflix

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Por: Florencia Orsetti

¿Qué tiene la nueva serie de Netflix que todo el mundo habla de ella? Enterate en esta nota.

La nostalgia es probablemente uno de los recursos más potentes para cuando uno quiere conseguir que su propuesta se vuelva apetecible para el público instantáneamente. Claro que el desafío muchas veces no es captar la atención, sino mantenerla, es decir, enamorar a ese público. El efecto embriagador de la nostalgia a veces se desvanece a la mitad y muchas producciones hacen agua, mostrando la hilacha de que lo único que tenían no era más que un cascarón nostálgico comercial. Sin embargo, hay otros casos, como el de Stranger Things, en los que logran engancharnos y nos embarcan en un glorioso viaje al pasado. ¿Cómo lo logran? No sé. La cuestión es que lo logran y eso es lo que importa.

Ambientada en la década de los 80, cuando todo era más incierto, internet no existía y los misterios pegaban más fuerte, Stranger Things nos presenta una historia de suspenso y drama que bebe directo de la ficción de esa época.  Un grupo de niños geeks que parecen salidos de una película de Spielberg afrontan un misterio incognoscible que se dispara con la desaparición de uno de ellos y que los enfrentará a horrores muy del estilo de la literatura de Stephen King y del cine de John Carpenter. Los creativos detrás de la serie, los Hermanos Duffer, son unos confesados enamorados del cine de terror y ciencia ficción ochentoso y eso está más que plasmado en cada fotograma, cada personaje y cada tropo de Stranger Things.

La premisa de la serie es bastante de manual y suena a “esto ya lo vimos”. Es que sí, probablemente lo hayamos visto: un niño llamado Will desaparece repentinamente en Hawkins, Indiana, un pueblo pequeño que queda conmocionado por el asunto. Pero Will tiene los mejores amigos que uno puede pedir y una madre incansable que dará lo que sea para recuperar a su hijo. Lo que sigue tiene muchos condimentos: terror, conspiraciones del gobierno, una niña psíquica y varios otros tópicos muy típicos de la ciencia ficción horrorosa.

Pero por más cliché que suene, basta con ver los primeros 10 minutos del primer capítulo para quedar cuando menos interesado en Stranger Things. La estética que plantean los Duffer, que dirigen también el primer episodio, es muy potente y es difícil hacerle asco al tono ochentoso que desborda por todos lados. Claro que hay una realidad. Si apagamos un poco la emoción por lo retro, nos vamos a dar cuenta que si bien el inicio es potente, la serie se toma su tiempo en arrancar y por momentos se va por lo poco convincente con toda la presentación de personajes. Los primeros cuatro episodios son amenos y llevaderos, pero es recién después de eso que Stranger Things le baja un poco el foco a la ambientación y al recurso nostálgico y nos engancha por otro lado.

La serie está llena de caras novedosas, con la mayor excepción de Winona Ryder, muy convincente en el rol de la sufrida incomprendida, aunque por momentos sobreactuada, pero más que correcta. Ryder interpreta a Joyce, la madre del niño desaparecido, y despliega un papel muy sensible, que es quizás el núcleo dramático de la serie y el que más nos toca en ocasiones.

Claro que los que se roban la pantalla son la pandillita de niños. Son un grupo de amigos con una química extraordinaria y un humor que nos va a robar más de una sonrisa. Nos encariñamos con ellos muy rápidamente. Son empáticos y lo que les suceda nos importa, algo que también nos pasa con el personaje de Winona. La empatía es la clave y es por eso es que nos mantenemos tan enganchados con la serie. Eso sí, es más difícil empatizar con los personajes adolescentes, los más flojos del elenco, pero aun así lo suficientemente carismáticos como para no desentonar.  

Mención especial a Millie Brown (Eleven), que destaca con una de las mejores interpretaciones infantiles de la temporada. Por momentos nos eriza la piel, cual Carrie de Stephen King, pero también nos invita a reir junto a ella y a sentir su inocencia.

Es fácil recomendar Stranger Things (más a un lector claramente nerd como el que asumo que me está leyendo) y es muy fácil que te guste. ¿Fallas? Claro que las hay. Tiene clichés, a veces lo ochentoso se le va de las manos y se siente como mero relleno; por momentos sobre explica todo y, en definitiva, aporta poco y nada nuevo. Pero quedarse con eso sería malinterpretar para que nació Stranger Things, una serie que claramente apostó a lo cómodo y le salió sumamente bien.

Al final de Stranger Things probablemente te quedes con ganas de ver mucho más, en el mejor sentido de todos. Ante todo, es una serie que te va a hacer sentir. Apela a las emociones y eso, tocando el nervio correcto, siempre funciona. Referencias nerds por todas partes, personajes entrañables, acción al ritmo de The Clash y otras bandas ochentosas, y un misterio potente, que vas a resolver mejor si te maratoneás la temporada (de ocho episodios) de un tirón. Te reto a soltar la serie después del episodio cuatro. 

8/10